sábado, 1 de junio de 2013

Corre, escapa...

Comienza poco a poco a entrar el miedo, la desesperación. La lluvia fría que se cola por tu ropa, las luces fuertes y anaranjadas contrastan con la oscuridad, deforman las cosas.
Arrancas y caminas rápido, ves algo negro en el suelo, tu mente perturbada ves un cuerpo y al pasar por el lado te das cuenta que solo son bolsas de basura, amorfas y repugnantes, podrían tener a alguien descuartizado dentro. Mente perturbada.
Tu alma anhela la libertad, liberar tu mente de la opresión, de la suciedad; como quisieras que la lluvia purificara tu ser. 
El viento azota tu cuerpo sin piedad, y no te queda más que llorar. Subes a un árbol.
Y arriba ves como todo se mueve, como los pájaros de otro árbol levantan el vuelo y descubren la desnudez de sus ramas, cuervos negros atravesando el cielo nuboso, tétrico, formando para ti la señal.
Y tus piernas cobran vida y corres al puente, quieres saltar, tu cuerpo lo exige. 
Lo haces. 
Y mientras caes sientes como la lluvia se hace más fuerte, más violenta, la tormenta da inicio, y entras al agua turbia del río. 
Vuelves a sentirte como en el vientre de tu madre y subes a respirar. 
La adrenalina recorre tu sangre, la purificación está completa. 





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