Salió con las manos heladas de tanto escribir, aunque apenas sabía hacerlo.
Se puso unos guantes viejos y con frío, abrió la puerta hacia la calle y hacia la madurez que se entreveía en sus pasos que más adelante serían totalmente firmes.
Tocó ocho puertas exactas; la tinta se le había acabado después de dibujarse en cada hoja de papel. Era la primera vez que intentaba actuar.
Recordaba aquel día como el comienzo de ser un hombre, a pesar de que su padre, observándolo ya en última instancia, le había dicho varias veces: "no busques trabajo, hijo; sigue siendo un niño".
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