La forma imperante en que todos estaban y parecían tan seguros bajo sus ideas, mil veces antes pensadas por otras voces anónimas; la espera intermitente de una incertidumbre determinada, los jueves se decide otra vez que sí, los jueves se decide que no pero es sí, todo se decide entre dos o apenas tres; los días nublados; las ganas de vegetar para luego hacerlo todo, conquistar el mundo, proponer soluciones, convencerlos a todos o finalmente convencerse a una misma con esfuerzo; los cambios progresivos sin las voces de siempre o con colores diferentes o con texturas diferentes o con todo diferente, finalmente no tan progresivo como impactante; las frases que no debieron ser mencionadas a golpes de tabú; los alfajores y chocolates que se hacen para vender con las manos llenas, llenísimas de manjar con culpabilidad de comerlo; los pocos ánimos de invocar la música con los dedos pero sí de escucharla en las tardes, al despertar, antes de dormir para enloquecer en sueños y suponer que se soñaron cosas originales; los días seminublados; los libros interminables que se iban adaptando a mí y yo a ellos; las amistades aparentemente nuevas y también aparentemente amistades; los pensamientos sin rumbo, divagaciones inexactas, desilusiones y contrariedades; los jueves totalmente nublados; por todas aquellas cosas que me hicieron olvidar, contaré hasta tres.
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