martes, 20 de octubre de 2015

Curiosidad

Cerrar los ojos, mantenerse atenta. Se escucha algo entre la novedad y la tensión que mi curiosidad a penas me deja ver, porque no quiere compartirlo. Pero yo tampoco quiero que me lo diga, porque es su secreto y yo tampoco le comparto los míos (no le digo que me muero por abrir la ventana y fundirme con la lluvia, no le digo que como ésta última, también quiero borrar sus pasos, no le digo que ya me cansé de su indiferencia).  Sé que nada más que ella podría entenderla y con el tiempo aprendí a aceptar que  nada más podía abrirse de tal manera que el mundo la atravesara sin esfuerzo alguno y absorbiera todo lo que se puede, se complementara con todo lo que alcanza y se redujera a todo lo que se ve y escucha. Y sin duda alguna, si quiero cuidarla, debo ser yo la que le ponga frenos y contenerla, pero es inquieta y me manipula fácil, nos peleamos y reconciliamos con últimas veces cada ocasión que nuestra opinión es diferente. Yo soy más amiga de la razón, pero ella… simplemente, no, no se llevan bien, por más que trate de buscar cosas que tengan en común. Y ya no sé tampoco si tiene muchas cosas en común conmigo, pero no soy capaz de apartarla por más que quisiera hacerlo; le tengo demasiado afecto y es ahí en lo que también fallo: soy amiga de la razón, sin embargo también estoy llena de influencias que provienen única y exclusivamente del  origen de los latidos.
No veo otra opción que comenzar a mentir, para que mi curiosidad se apacigue. Aunque me duela y mi traición se exponga frente a su inocencia, el único camino correcto es que se tranquilice y permanezca dócil. De esa manera, buscará otro tema por el cual preguntarse y ya no tendremos que ocultarnos cosas, excepto eso… Tendré que decirle que él ya no me importa con toda la convicción que pueda reunir, y cruzaré los dedos para que no converse con mi consciencia. 

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