sábado, 24 de marzo de 2012

Sabes que sí.

Y tú que me recriminas cuando no eres más que un fantasma en mi pared, una pérfida sombra, ¿quién te otorgó el derecho? ¿quién, si no fui yo? Me declaro inocente; ahora, confiesa. ¡Confiesa! ¡Son más los días en que espero a que rompas el silencio a los días en que asumo cuál es la verdad! ¡Es menos la espera por ella! Pero la verdad... la triste verdad que me dice con timidez "mírame"... debería ocultarse por un buen tiempo hasta que la tormenta se calme, hasta que se haga mínima y no quede rastro de su presencia, ni de sus lluvias, ni de sus nimiedades... Eso sí, por supuesto. Que sea objetiva y estoica, que no cambie conmigo ni con mi rivalidad, que no cambie con el motivo de por qué sigues siendo una crítica en la intimidad de mis pensamientos. Porque recuerda que yo no te di el derecho, así que no tendrías por qué cambiar la realidad.
Se centra, como todo, en la delgada línea que separa a un narrador de conocimiento relativo de un narrador testigo. Siendo yo perteneciente al segundo, quiero y permanezco aferrada a la relatividad, ¡yo lo acepto, al menos! pero tú insistes y no te detienes hasta creerte omnisciente. Para que veas que te conozco y que la ventaja entre ambos, es que tú no me conoces.

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