martes, 6 de marzo de 2012
La bailarina
Se abre el telón. El público está expectante y mira con atención lo que aparece tras el terciopelo rojo. No hay luz; todo es negro, oscuro, decepcionante. Los pintores dicen que es un indicio de minimalismo; los escritores dicen que el color representa la emoción del dramaturgo; los críticos dicen que escenografía es barata; la gente normal, que abrieron el telón muy antes. El cuchicheo aumenta cuando en una esquina que ignoraron, poco a poco se ilumina una caja de cartón, y comienza la música melancólica y versátil que hacía recordar a todos un momento, por más leve y volátil que este fue alguna vez. El piano se introduce lentamente en los pensamientos de todos, lejano e intangible, sutil y melodioso. Mientras acompaña el baile en los dedos de cada uno que se cree pianista, se hace tarde, la función ya empezó y quedaron varios afuera; no importa, será una próxima vez, dijeron, aunque sabían que cada actuación cada día no es la misma. Dentro del teatro, la obra seguía su curso. En la caja, se ocultaba Pandora y fuera de ella los demonios que atormentaban al mundo. Una mujer desde hace muy poco tiempo, salía a su alrededor con una expresión de miedo incontrolable: no conocía nada, no conocía a nadie. Mira la caja, mira al público, intenta mirar la música. Comprende y sabe nada; es inocente, totalmente inocente. Su tez es clarísima y apenas se nota carmín en sus mejillas y en sus labios, una figura alta y delgada que lucía con gracia una pulcritud exhaustiva. Comienza a levantar sus brazos y los mira exigiendo una explicación. Busca algo familiar y lo encuentra en la música; la melodía la lleva y su vestido blanco flota en todos lados al mismo tiempo. Es una bailarina, todos piensan, una bailarina hermosa y excepcional; a veces, pasiva y desorientada, otras veces frenética, casi como si su razón dependiera de la locura. Nadie puede dejar de observar sus movimientos y su soltura, todos están bajo el mismo hechizo del piano y de la mujer. La melodía se torna triste y rápida al mismo tiempo, con un ritmo incontinuo y cautivador, estelar, enigmático como ella, la bailarina. Sus piernas avanzan, corren, saltan y se deslizan por el escenario; sus brazos son el adorno de aquella estructura magnífica y su rostro se mantiene angelical. Antes de volver a girar, cae. Un sonido de preocupación se escucha y el piano se detiene drásticamente. Alguien en el público se pregunta si estará bien, si es parte de la obra. De inmediato, se levanta y su brazo ya no se mueve: se ha cortado la cuerda que lo sostenía. El telón se cierra rápidamente y sí, los críticos tenían razón.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario