domingo, 4 de marzo de 2012

Nombres, nombres...

Repiquetean como gotas de lluvia,
imparciales, estoicos;
una espiral de personalidad
que no cesa – o no quiere-
dejar de sonar
e intenta entrar en la burbuja
que es la inmortalidad
pura, intacta
- como Aquiles -
y pensar que para mí
significan nada...
Porque no soy intelectual
ni la de Bukowski
ni esa mujer a la cual
dedicó sus versos Cortázar…
porque solo aprendí el francés
que me insinuó Magritte,
y conocí pocos experimentos,
los de Pavlov, sin estímulo
- aunque un libro de Conan Doyle no está mal-
y de los tangos de Gardel…
recordé solo el acariciar su ensueño,
como toda buena ineficaz y desgraciada.
Pero ya me da igual no ser la terca Elizabeth,
ni recorrer los mares del capitán Nemo,
o ser o no ser Ofelia,
ni estar en el college con Jerusa;
ni conocer al forastero de Gracia,
cuál era la sombra del viento
y si Miguel Ángel era o no lo último;
la bendición de la ignorancia
¿no es así, Puck?
y pensar que jamás,
jamás conocí al tal Morfeo
que a todos pasaba a buscar…
¿quedé apartada como Grenouille?
tal vez me volví ascética
y me alejé,
o enloquecí de amor,
uno angelical, literalmente…
Por eso jamás leí a Neruda,
por eso creo que Andrómeda
es pariente de Atenea,
o mía
o de nadie…
- desconozco el sistema solar-
pero admiré a Desmóstenes,
a los sabios de otros tiempos;
a los filósofos y los psicólogos,
que me conocen más
aun sin conocerme
¿Verdad, señor Lecter?
¿O era Freud?
Pero de recuerdo
atesoré las palabras de Eckhart:
“Pero el que yo sea yo, es mío exclusivamente,
y no pertenece a nadie más.”
Y el resto…
no sé…
para mí, significan nada.

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