viernes, 3 de febrero de 2012

Cartas anónimas para una persona imaginaria

Dedicaba todos sus jueves a escribir cartas anónimas para una persona imaginaria, en la compañía de una única vela y una pluma que parecía a punto de fallecer cada día al comenzar a escribir. El encabezado iba para un recuerdo que tenía nombre, y un nombre que traía consigo el refugio frente a la perfidia y el ansia de recordar un pasado que no ocurrió, pero que solía imaginar para el contenido de su mensaje. Los viernes se levantaba lo más temprano posible para ir al correo y enviar su vida a la misma dirección de todos los años. Los sábados y domingos, leía libros de romance para encontrar nuevas palabras con las cuales demostrar que su afecto iba aumentando, después de lucir el mismo sombrero café que todos recordaban en misa. Los lunes, martes y miércoles, solía tararear canciones tristes enfrente de la ventana esperando no perderse ningún toque de la puerta que entregaría felicidad inmediata a su vida, perdiéndose todos los ocasos al no otorgarles espacio en su mente.

Y así permanecía todos los días de la semana, excepto los jueves, en donde la novedad se encontraba en cómo imaginaba su vida, a través de cartas que jamás recibían respuesta. Eran tardes largas que terminaban con una despedida y su firma en papel, el cual descansaba inmerso en su suave aroma a praliné.

PD: Lamento haberle hecho esperar, ¿pero considera justo el que yo me deje ver, mientras usted se esconde y no responde a mis cartas?

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