El té señaló en burbujas que el aire se escondía de su verdadera imagen, entre los delicados movimientos de inquietud, en una esfera que lo separaba de los demás. Insistían en permanecer lejanas al remolino que se soltaba en su interior, sin saber que en el ojo del huracán nada puede empeorar, nada se puede temer más adelante.
No vio su futuro dentro de él, ni una gota que dijera cómo se sentiría el terminar de beber cada instante perdido y disuelto en agua; sólo se vislumbraba dentro una mujer que intentaba su máximo esfuerzo en observar y concentrarse vagamente en buscar rastros del azúcar. Sabía que la volvía loca, desquiciada, frenética e indefensa... el misterio, principal alcaloide, no le permitía salir; ni escapar de sí misma, ni escapar de los demás. Inconscientemente, se hacía adicta, adicta a la adicción y obsesa a lo que no le contaba ni le contaría jamás.
La mesa tembló ligeramente. El efecto relajante no estaba funcionando bien en ella; su mano dibujando rostros y expresiones inexistentes lo demostraban. No se contuvo y estrelló la silenciosa taza contra el suelo. Lo dejaría, se prometió; lo dejaría y buscaría de inmediato parches de comprensión si lo requería.
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