Vacío.
Vacío.
Vacío.
Viento.
Caen las hojas azules y el cielo no tiene dónde dejar caer sus gotas.
C
a
e
n
como caen las estaciones,
como caen los pájaros,
como no se levantan y sólo caen.
Los árboles se mecían suaves frente al susurro del bosque, tranquilos y parsimoniosos para quien los veía al caminar por el sendero lleno de hojas de un otoño llegando a saludar al verano. Se avecinaba la lluvia, y la vida que se remontaba azul parecía notarlo todo.
En la ciudad, se respiraba un aire de felicidad, de consuelo, de música con violines y jazz en los bares lejanos; una voz que se escondía en el tumulto de ruidos, pero llena de calidez e infancia envolviéndola. Aquella hermosa voz, salía de su pensión con tan solo llaves y una motivación para cantar en el bolsillo, con el ansia de poder expresar en melodía todo lo que había esperado hasta aquel momento. Aquella hermosa voz, fue callada por el viento de la tormenta que venía, a vísperas de la arboleda azul; temprano, muy temprano. No corrió; confió en su ceguera y se dejó llevar.
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