martes, 27 de septiembre de 2011

Esa tarde que me senté en una montaña a ver la ciudad, y que la montaña era un techo, y que la ciudad era la imágen.
Pienso, tan feliz en contraste con el minuto, el minuto que realmente viví, cuando me miraste, cuando me convencí que la culpa no era mia.
Esa tarde que desenvolví, comprendí y enredé personajes, contemplando cada relación, comparándola, dividiéndola y juzgándola, y que sentada sobre un árbol, y que el árbol era una silla.
Y que tan lejanos, las fases, las conversaciones, el sentido y la música, dan paso a lo inexpresable, al impulso y obsesión, al cuerpo y alma desnudos sentados sobre una margarita, y que la margarita era un número.
Esa tarde esperé que las curvas se llenaran de borrones, los movimientos perdieran fluidez, las expresiones se tornaran exageradas, y que una dimensión se escapara llevándose lo no esencial...
Y ahora mientras me miras sentada sobre un papel, y que el papel es un sueño, pienso...

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