Tomé mis maletas con la mano derecha, elevándolas apenas unos centímetros sobre el suelo. El tren no tardaría en partir, y mis pasos parecían más lentos frente al acontecimiento de su ida, sin poder reaccionar de diferente forma, al igual que en las miles de ocasiones anteriores. No era primera vez que una oportunidad se me iba, reflejándose en los continuos rasguños que tenían mis recuerdos y en el dolor que parecía reflejar mi abrigo negro al gotear, bajo el delgado techo de la estación. Aun así, avancé en medio de la gente tratando de superar mentalmente esos obstáculos que impedían realizar mi solitario viaje, pasando desapercibida frente al mundo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, cuando un extraño con un cálido aroma familiar se me acercó, invadiéndome en una sensación de tranquilidad inmediata; pero sus rasgos no me eran conocidos, ni sus palabras, ni su falsa preocupación. Tomé de vuelta mi sombrero cloché rojo, en un estado casi tan malo como yo en el momento que lo recibí, hace años atrás.
Llevaba más de cinco minutos de atraso, y el cielo sabía que estaba esperando por mí. ¡Tan infinitamente cerca! Tanto que de un minuto a otro, lágrimas de felicidad comenzaron a mezclarse con la lluvia, y el tren no me pareció tan tren, y yo no me parecí tan humana.
Uno a uno los rieles comenzaron a formar parte del camino que yo quería hacer parte. Me lancé.
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