domingo, 20 de mayo de 2012

Cuéntese de un tango...

Cruzando la calle, lo abrazó, en medio de todo. Él se la iba a llevar, como consuelo. 


Acaricia mi ensueño
El suave murmullo
De tu suspirar.
Como ríe la vida
Si tus ojos negros
Me quieren mirar.



Escribía del amor porque no lo entendía. 
Escribía de bares porque jamás los había visitado. 
Escribía de la vida, porque nunca la había vivido.
En ella, una entre la multitud, quedaba aun la imaginación como método de visita, de conocimiento y respuesta a la inquietud, a sus dudas y miedos: la resolución del todo. 
Escribía de curiosidad porque la sentía tan cerca y tan tangible que no podía deshacerse de ella por métodos tan simples. 


Y si es mío el amparo
De tu risa leve
Que es como un cantar,
Ella aquieta mi herida,
Todo, todo se olvida.


Huía desesperadamente de su voz, ¡tan desesperadamente! No creyó que el golpe sería tan fuerte. El choque entre la imaginación y lo verdadero, la mataba, lentamente, mientras se perdía en la melodía hermosa que desprendía su único amor, con canciones antes interpretadas por Gardel. 
Fue tarde cuando se vio atrapada, cuando vio que lo perdía. Corrió en busca de su nombre, sin resultados ni noticias a su favor. 


El día que me quieras
La rosa que engalana,
Se vestirá de fiesta
Con su mejor color.





Salió un jueves, superando el encierro, cuando anocheció. Si la lluvia caía sobre la noche, o la noche caía sobre ella, lo ignoraba, ensimismada en sus pensamientos de ansiedad. Tenía miedo de que al llegar, cambiase tanto para mal, que al leer sus historias ya no causaran el mismo efecto. Pensó en el aroma del café. ¡Cuánto extrañaría el aroma que desprendían aquellas páginas, su calidez, su textura! Ya no acompañaría a la perfección los días de metáfora; sería un triste tazón con agua mal hervida y el dinero afectando su mala calidad.
Inspiró de valentía, porque aún no estaba segura de su decisión. Extrañaría la irrealidad. 


Y al viento las campanas
Dirán que ya eres mía,
Y locas las fontanas
Se contarán su amor.



La voz comenzó a perseguirla, como un recuerdo doloroso y fúnebre de algo que no llegó por su intención.  
Por buscarlo, por quererlo; ese único error. 


El día que me quieras
No habrá más que armonía.
Será clara la aurora
Y alegre el manantial.



No escribió de la muerte, porque no le tenía miedo.

Traerá quieta la brisa
Rumor de melodía.
Y nos darán las fuentes
Su canto de cristal.


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