martes, 21 de febrero de 2012

La oportunidad de la conciencia

La alarma no paró de emitir su sonido hasta que el reloj mismo premeditó su suicidio cayendo estrepitosamente sobre la cerámica, en miles y pequeños pedazos irreconocibles e indescifrables, haciendo de él una tarea imposible para quién se tomara la inútil molestia de repararlo, por unas pocas monedas. La triste ventana apenas emitía luz, una luz tan ahogada y oscura como la propia habitación a la que pretendía acompañar en el sentimiento, tan vacía e impropia que con un poco de imaginación se le podía llamar un amanecer; la alfombra, ajena al mundo y a sus alrededores, descansaba tranquilamente sobre el frío suelo, sosteniendo como Atlas el peso del mundo en una sombría cama. A lo lejos, la sombra en la pintura aún la observaba. Despertaba un día de Julio y, a modo de una morbosa comedia, unos ojos que jamás iban a hacerlo.

El párrafo inicial de mi libro comenzaba de esa forma, tratando de atrapar al lector lo más que pudiese en lo que yo llamaba una de mis “novelas sombrías”. Posiblemente y con esperanzas, mi debut literario, si es que la obra por sí misma deseaba salir del cajón de cuentos abandonados en la piedad del polvo a proclamar al mundo que tenía voz propia y oculta por mi voluntad y pensamientos continuos de inferioridad. Pero aquella historia presentaba defectos, y muchos como para dar pasos tan grandes. Es más. Ni siquiera tenía aún trama para una historia que había comenzado y ni soñado el final grandioso que parecía merecerse. Simplemente era una historia que no tenía pies ni cabeza.
Los días se contemplaban largos y decaídos mientras por mi balcón corría una brisa ligera y sin atisbos de traer inspiración alguna, que era lo que yo necesitaba en ese entonces y la cual no se podía comprar en ninguna tienda. Mi mente no me estaba acompañando; necesitaba de esa inspiración divina que no tiene más complicación que un rayo de luz sobre una cabeza iluminándola y todas las ideas cayendo como una lluvia en la cual se pueden escoger las gotas que se quieren beber. Tal vez debía tomar mayor atención a los consejos que una vez había leído en un libro para niños: “Escribe sobre lo que conoces”.

¿Había algo que conocía mejor que a mí misma? ¿Los personajes no eran parte de mí?

Eran los días más negros que se habían dejado caer por la ciudad en aquellos tiempos. El ocre y el carmín buscaron dónde esconderse del miedo y el temor que respiraban cada uno de las almas que allí vivían.

Y ahí estaba. Sin nombre y sin personalidad desarrollada, como una llave abriéndome puertas. Ahí estaba su misterio y su historia.

No se dejaba ver a la luz de las velas; su sombra no parecía acompañarle. Pocas veces se dejó conocer por alguien que llamara su atención, pero nunca les confió su nombre. Lo reservo para ocasiones especiales, decía.

Mi misterioso personaje poco a poco tomaba vida dentro de mi historia y mi realidad, convirtiendo mi imaginada casa de frágiles naipes en un principio de castillo. Aun así me costaban un montón de trabajo los detalles y pasaba horas esforzándome para que quien leyese el escrito, se imaginara casi con exactitud los lugares que yo había imaginado y la perspectiva de aquél hombre de sonrisa torcida y tantas palabras que sólo en su mirada parecía expresar.

Caminó tranquilo sin observar aquella ventana, olvidándose de su existencia y lo que ocultaba dentro de ella, olvidándose de todo aquello que no le parecía importante, trivial y carente de sentido. El único recuerdo que atesoraba, eran las sonrisas tristes que él creía merecer a cambio de la melancolía que soportaba a diario y que lo atribulaba en imaginaciones vagas y poco concisas sobre un futuro que no podía ver, no podía tocar, no podía imaginar. Sonrisas que, muy a la larga espera, se hacían en realidad muecas de terror y gritos de piedad. Necesitaba desahogarse; no había sido culpa de las pobres almas a las que había inundado su suerte.

Buscaba comprensión. Buscaba como escapar de la locura que lo había atado y amordazado a la soledad y la obsesión por ser dueño de la vida de los demás. Pero no podía, no podía contra las expresiones de horror que producían sus historias en los rostros de aquellos indefensos que no entendían un por qué más profundo. Y a decir verdad, yo tampoco lo entendía. Era una mente que incluso para mí se hacía más complicada de lo que esperé en un principio; estaba peleando firmemente conmigo por las decisiones que quería tomar y qué consecuencias iba a traer. El quería darles una oportunidad.

La carta reposaba sobre la mesa días antes de la caída del reloj, a la espera de la sentencia. Ella, de modo inocente y aun sonriendo por la despedida, no se percató del sobre hasta horas más tarde, cuando ya la luna se contemplaba majestuosa y acompañante del vivo retrato de la locura que estaba pintando, muy a lo lejos, en medio de un parque invernal. Pensó que alguien se habría equivocado al enviarla, el nombre del remitente era desconocido, pero su nombre se veía claramente escrito con dificultad. Dentro del sobre, con caligrafía cursiva y pequeña, se extendían tres palabras: “Un placer conocerte.” Tembló y dejo caer en la pintura al suelo, por la impresión y la sensación de desconocimiento que la embargaban.

Las ideas de cómo había procedido inundaban y tapaban todo otro motivo que yo pudiese tener. Se volvía día y noche mi único pensamiento de terminar y darle el final que se merecía, pero no entendía del todo su accionar frente a las emociones. ¿Cómo es que aumentaba su culpa? Intentaba darse a conocer, pero a su vez, que no lo descubrieran. No había sido su primera vez, sino con la cual comencé a relatar el enredo de su mente...

Cada paso se hacía un latido; cada latido, una memoria por recorrer. El miedo se convertía en el mejor amigo que podía tener la agonía, enfocándola, haciéndola más duradera y comprando a precio de valentía las lágrimas que ya no podían caer.

El día jueves en la mañana, envié parte de la historia a un periódico local para ver si sería aprobada o alguna crítica que pudiese recibir. Tenía tiempo para terminarla y así sacar provecho de lo que sería mi trabajo, si es que los sueños no se me rompían tan temprano como a muchos otros. Recibí la respuesta una semana después, abriendo el sobre con confianza, escrito a mi nombre y al reverso, otro que no conocía… uno que prefiero no escribir.

Un placer conocerte. En realidad, que tú me hayas conocido. “¿Había algo que conocía mejor que a mí misma? ¿Los personajes no eran parte de mí?”

Lo son.

La última víctima, siendo únicamente llorada por la lluvia, fue declarada de suicidio y sin pruebas en contra. Las puertas y ventanas habían sido cerradas por dentro y no se veía otra opción más clara que la misma. Algo en él había cambiado: la solución a su problema.

domingo, 19 de febrero de 2012

La taza de té

El té señaló en burbujas que el aire se escondía de su verdadera imagen, entre los delicados movimientos de inquietud, en una esfera que lo separaba de los demás. Insistían en permanecer lejanas al remolino que se soltaba en su interior, sin saber que en el ojo del huracán nada puede empeorar, nada se puede temer más adelante.
No vio su futuro dentro de él, ni una gota que dijera cómo se sentiría el terminar de beber cada instante perdido y disuelto en agua; sólo se vislumbraba dentro una mujer que intentaba su máximo esfuerzo en observar y concentrarse vagamente en buscar rastros del azúcar. Sabía que la volvía loca, desquiciada, frenética e indefensa... el misterio, principal alcaloide, no le permitía salir; ni escapar de sí misma, ni escapar de los demás. Inconscientemente, se hacía adicta, adicta a la adicción y obsesa a lo que no le contaba ni le contaría jamás.
La mesa tembló ligeramente. El efecto relajante no estaba funcionando bien en ella; su mano dibujando rostros y expresiones inexistentes lo demostraban. No se contuvo y estrelló la silenciosa taza contra el suelo. Lo dejaría, se prometió; lo dejaría y buscaría de inmediato parches de comprensión si lo requería.

jueves, 16 de febrero de 2012

Viento en la arboleda azul

Vacío.

Vacío.

Vacío.

Viento.

Caen las hojas azules y el cielo no tiene dónde dejar caer sus gotas.

C
a
e
n
como caen las estaciones,
como caen los pájaros,
como no se levantan y sólo caen.



Los árboles se mecían suaves frente al susurro del bosque, tranquilos y parsimoniosos para quien los veía al caminar por el sendero lleno de hojas de un otoño llegando a saludar al verano. Se avecinaba la lluvia, y la vida que se remontaba azul parecía notarlo todo.
En la ciudad, se respiraba un aire de felicidad, de consuelo, de música con violines y jazz en los bares lejanos; una voz que se escondía en el tumulto de ruidos, pero llena de calidez e infancia envolviéndola. Aquella hermosa voz, salía de su pensión con tan solo llaves y una motivación para cantar en el bolsillo, con el ansia de poder expresar en melodía todo lo que había esperado hasta aquel momento. Aquella hermosa voz, fue callada por el viento de la tormenta que venía, a vísperas de la arboleda azul; temprano, muy temprano. No corrió; confió en su ceguera y se dejó llevar.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Temporalidad

Las ideas son un torrente sin inicio ni final. Quién sepa como atraparlas, mate a la temporalidad.

domingo, 12 de febrero de 2012

Es como tú

El sueño viene,
como vienes tú.
Lento, silencioso,
demora y no avisa,
escucha y oye,
pero no se deja ver,
no se deja atrapar.
Pero me atrapa a mí,
me lleva consigo;
me hace creer,
imaginar que estoy,
pensar que soy,
sentir que somos
desengañarme al despertar...
Es suave,
¡y tan suave!
no deja rastros,
no permite errores;
no sé si estuve,
no sé si estarás.
Se encarcela en el olvido,
en el letargo;
y demora un día,
tarda un año;
se va pronto,
y no pierde su encanto...
Pero se aleja,
se aleja de mí,
se aleja de todos.

viernes, 10 de febrero de 2012

¿Qué tan malo es mentir?

Te robé un suspiro una vez, y dije que era mío, que me lo había ganado después de una larga tarde sin compañía. Dije a los que allí estaban, como aves rapaces al acecho, que el gesto representaba la nada, que era vacío y sin corazón como las letras de mi diario, que era categórico e insultante preguntar de quién era. Mentí al decirte que no sabía dónde estaba, que nunca lo había visto y que lo lamentaba en el fondo de mi alma. Mentí al decirte que podías confiar en mí, porque yo no confío en nadie ni lo haré jamás. Mentí porque, como todos saben acerca de la mentira, no se necesita mayor motivo que el egoísmo y el miedo por decir la verdad para planificar la más terrible de todas, la que te dije a ti. Escondí la verdad lejos, lejos para que ni tú ni nadie pudiese encontrarla y cerré con llave el candado sin cerradura que se envolvía a través de ella. Fingí que todo estaba bien frente a la duda de tus ojos, y créeme, porque esta vez no mentiré, que no quería por nada del mundo verte llorar ni que sufrieras por culpa mía. Ahora que te confieso esto, perdóname, perdóname, perdóname; suspiro todas las tardes para que vuelvas y recojas lo que te perteneció alguna vez a cambio de lo mío. No te volveré a mentir.

Tú conviertes la prosa en poesía

Voy a copiar tu risa,
dibujo de egoísmo;
y fingiré que era mía,
dedicada a mi nombre y a mi soñar.
¿Confiarás en prestármela unos segundos?
No temas; se la ocultaré al mundo,
lo prometo.
La guardaré en mi corazón para recordarla;
y cuando encuentre mi pincel de historias,
describiré su perfección
en cada pensamiento sobre ti.
También prometo devolvértela,
pero muy, muy lentamente.
¿Soy egoísta por prolongar el tiempo?
Tranquilo,
se hará corto para ambos,
mientras tú esperas,
yo también espero.
El oleo me ayudará a mantenerla,
y con ella su sonido,
¿Soy egoísta por querer tenerla conmigo?
es tuya, sí,
¿pero puedo fingir que me pertenece?
Prometo no guardar rencor
a tus demás expresiones,
quedarán intactas a mi roce,
para mí, inalcanzables.
Recuérdame cómo es cuando te vea,
y permite que sonría también;
tú le pedirías garantías al artista.
Prometo cuidarla,
prometo darle alas para volar;
pero, por favor, por favor,
déjame copiar tu risa.

jueves, 9 de febrero de 2012

Un pasaje al lugar más lejano, por favor.

Un pasaje al lugar más lejano, por favor. El valor no me precupa, sólo que el destino se aleje lo más que pueda de aquí. Uno de esos viajes para cambiar la vida; muy frecuentes en las películas. No importa, nunca me ha gustado la primera clase... ¿Que si voy sola? Sí, no llevo nada más que mi maleta y no es muy conversadora, pero los libros que llevo en ella si me hablarán y por eso no me preocupo de... ¿Disculpe? Ah, sí. Sólo llevo una. Sólo unos pocos libros, 8 en total. El resto del equipaje lo llevo puesto. La verdad, ni idea; me lo regalaron. ¿A qué hora dice que parte el tren? Tendré que esperar, supongo... ¿Molestia cambiarme al primero? No, no. Mientras más antes mejor; quiero irme rápido, se lo agradecería de todo corazón. Gracias, muy amable; que usted también tenga una linda tarde.

Misiva al que lo lea

Érase una vez indiferencia y todos los que en ella habitaban.
Érase una vez un príncipe que pretendía cubrirse por completo de indiferencia.
Érase una vez preocupación y lo mucho que consideraba al príncipe.
Tornábase preocupación de una sutil comprensión que prestaba a sus pacientes, dedicándoles más que su tiempo, sino que su amistad.
Érase una vez yo, amiga de preocupación, amiga de los secretos, amiga de quien quisiera seguir un concepto de amistad más ligero que lo utópico. Era yo una persuasora que en el tiempo, intentó saber y tentar a la suerte sobre hasta qué punto podía llegar todo intento por descubrir un enigma. Si lo logré, nunca supe las consecuencias que el cielo decidió que finalmente, no me correspondían. Entenderlo, sí, se me hacía aún más difícil con la incertidumbre de no saber qué ocurriría más adelante.
Fuimos una vez tres, tres intentando no caer en el camino, ¿pero quiénes somos ahora?

miércoles, 8 de febrero de 2012

Edición

Los momentos como los vemos, cambian según como nosotros mismos queramos. Lo bueno, bueno es, hasta que encontramos un defecto, y eso es lo que me había hecho escribir la entrada anterior. Pero, si mal no recuerdo, el día de la foto sonrió conmigo y me ayudó a ver que aparte de ser pequeña, de tener un mundo inclinado y de opacar lo que yo era, podía disfrutar de él y hacerme parte de un paisaje que yo misma podría sentir como mío todos los días. Quizá se me fueron las motivaciones y mi intento de positivismo, ¿qué más da si puedo volver a pararme y no molestar a nadie? Caminos hay muchos, y los más drásticos no siempre son los correctos, por eso estamos llenísimos de opciones y posibilidades que a vista de ensayo y error, pueden funcionar mejor.


Saltando frente a lo magnífico , mientras el cielo cae y me atrapa en su inmensidad. En ese momento, buscaba un grano de arena en que se pudiese ver el mar, y quién sabe, tal vez encontré una motivación para ver más allá...

viernes, 3 de febrero de 2012

Cartas anónimas para una persona imaginaria

Dedicaba todos sus jueves a escribir cartas anónimas para una persona imaginaria, en la compañía de una única vela y una pluma que parecía a punto de fallecer cada día al comenzar a escribir. El encabezado iba para un recuerdo que tenía nombre, y un nombre que traía consigo el refugio frente a la perfidia y el ansia de recordar un pasado que no ocurrió, pero que solía imaginar para el contenido de su mensaje. Los viernes se levantaba lo más temprano posible para ir al correo y enviar su vida a la misma dirección de todos los años. Los sábados y domingos, leía libros de romance para encontrar nuevas palabras con las cuales demostrar que su afecto iba aumentando, después de lucir el mismo sombrero café que todos recordaban en misa. Los lunes, martes y miércoles, solía tararear canciones tristes enfrente de la ventana esperando no perderse ningún toque de la puerta que entregaría felicidad inmediata a su vida, perdiéndose todos los ocasos al no otorgarles espacio en su mente.

Y así permanecía todos los días de la semana, excepto los jueves, en donde la novedad se encontraba en cómo imaginaba su vida, a través de cartas que jamás recibían respuesta. Eran tardes largas que terminaban con una despedida y su firma en papel, el cual descansaba inmerso en su suave aroma a praliné.

PD: Lamento haberle hecho esperar, ¿pero considera justo el que yo me deje ver, mientras usted se esconde y no responde a mis cartas?

Contador por país