miércoles, 16 de noviembre de 2011

Truenos en un sorbo de café

¿Cómo está después de tantas nevadas otoñales bajo la fría luz del parque?

¿Ha encontrado de esas mujeres frívolas y sin sentimientos?
¿Ha dejado caer sobre las hojas tintas de mancha verde azul?
¿Ha pensado en enviarme una postal de navidad?

Como le decía, amo las tormentas eléctricas.

Frente a una ventana, frente a las nubes, frente a un pincelado cielo de carmín.
- Ahí permanece.
Las malas personas siempre permanecemos.

¿Se sirve café?
No, no, sírvale té en una taza de porcelana fina. Ya verá que es mejor que la anestesia.
- ¿De canela o limón?
- Alcaloides, querido, alcaloides. ¿Es intolerante a la lactosa o prefiere sacarina?

Cafeína para hacerlo más dulce.

Árbol enfermo, frutos enfermos.
¡No hay playa cerca!

¡¿Dónde diablos dejé mis textos?!
"Escapándose débilmente de la permanencia del papel- aquella que una vez escrito no le permite cambiar de dirección, pero si de magnitud al releer, quedando como un difuso recuerdo..."
No, no sirve. ¡Claro está, sólo es un juego de palabras que silencia mi inquietud!
Sigue sin servir.

¿Le molesta si le cuento la historia de la niña que se creía ángel y luciérnaga al mismo tiempo, pero que por intereses compartidos y contradictorios no pudo cumplir su sueño de ser bailarina de ballet y ve como su mundo se cae poco a poco al comprobar que su forma de escribir es comparable al de una analfabeta?- ¡Quería una obra que impulsara la ambrosía! - Imagínese cuán loca estaba. Bueno, comienzo.

Había una vez la criatura más inocente y pura que alguna vez piso la tierra. Ella atraía a la luz.

Escuchan mis pasos las paredes,
mi respiración como un grito de alarma,
¡No me sigan!¡Dejen que me esconda!


¿Qué le pareció?

JODIDAMENTE MALO. PÉSIMO. Bonito, sabe que me encanta, es usted sublime.


- No sé... no, ni idea. ¿Sigue en pie la oferta del café?

Los gritos son enterrados por el silencio de la incomprensión. Doy por terminados mis intentos. De aquí en adelante, me limitaré a despedirme.
Fase 1 de misantropía, atentos al disparo del fusil.


Uh, espere. Creo que me quedó agrio.



PD: En todas aquellas ocasiones tomaba su chaqueta salpicada de rojo, como quien no percibe los colores que han cambiado, y salía a la calle sin temor a nada ni a nadie.

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