La mujer en el café/librería no sobrepasaba los 20 años de edad, ni en experiencia, ni en tiempo. Un largo abrigo beige se extendía por sobre sus hombros, cubriéndola como si por dentro pudiese mantener toda la seguridad del mundo. Su cuello lucía una bufanda marrón, comprada por ella misma a vísperas de la navidad en una tienda de segundo uso; sus manos, guantes que dejaban al descubierto la delgadez de sus blancos dedos y las pequeñas heridas producto del frío.
Aquella mujer con tendencia a los colores sobrios y lo antiguo, caminaba una mañana de diciembre con un libro bajo el brazo.
Sus ojos dentro del cálido local encontraron una mesa para tres, en medio de la soledad y la calma, alejada de cualquier persona que pudiese entablar una conversación sobre autores que nadie conoce, para su propia felicidad. Apartó la silla con el miedo inicial que provocan todos los lugares nuevos y se sentó con el menor ruido posible para no llamar la atención. La discreción siempre debía ser un factor clave. Aún así, el dueño la distinguió y al interrogarla recibió apenas un asentimiento de la joven ante el ofrecimiento de un cappuccino, intrigándose acerca de su inmenso silencio, lo que ella fingió no notar. Cuando su café llegó, miró a su alrededor sin parecer irrespetuosa y tomó su lápiz para comenzar a escribir. Cerró los párpados y se dejó llevar por los detalles de cada recuerdo que poseía. El olor del café, el color de su lápiz, la coleta desordenada que había quedado en su pelo. Cualquier sentimiento era vagamente captado por las palabras, pero aún con esa dificultad, permaneció apartada en su mundo por horas.
Antes de salir, observó su reflejo en los vidrios se empañados de lluvia. Tenía un nuevo brillo en los ojos. El mío.
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