Dejo, permito y autorizo a que mi lápiz escriba inverosimilidades en un descuidado cuaderno de lenguaje. La tinta es clara, sí, muy clara, casi celeste en lugar de azul; la hoja está abultada por almacenar entre las débiles tapas dibujos descriptores del aburrimiento en clases; la mesa y el poco espacio que queda entre la silla no me permiten estar derecha contemplando el triste panorama de un "te extraño" borrado por debajo de mis apuntes. Así es, así me quedaré, mientras el resto de mis compañeros desvía su mente intentando descifrar enunciados por medio de lo que llaman "compresión" lectora, hasta que el sonido del timbre atenúe y se conjugue con los gritos de un viernes, al término de la hora.
El color gris del cielo no parece en extremo intrigante, el tráfico de respuestas que surge cuando nadie está observando yo tampoco lo he visto, el pensamiento de los que nos creemos escritores... podría continuar e intentar recopilar los minuiciosos detalles de cada línea, inicial y sentimiento que cubrió algún día por primera vez ese espacio en la pared, pero todos ya comenzaron a moverse.
En estos momentos, me pregunto de quién será el lápiz.
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