El espejo me contó una vez, cómo fue que nacieron mis ojeras. Remontó hace algunos años atrás, cuando aún mi piel lucía un rosado sano, libre de cualquier pena, y cuando ignoraba por completo lo que ennegrecía las nubes en invierno. Siendo sutil conmigo, omitió algunos de los detalles que mi mente recordaba con claridad para no hacerme sentir culpable, lo cual aún le agradezco desde el fondo de mi corazón.
Eras joven, muy joven, para la edad que yo poseo- me señaló-. Una edad ni muy destacable, ni muy obviada, ni muy feliz, ni muy triste. En ese entonces apenas me saludabas, apenas te interesaba lo que yo presentaba para ti y con suerte, muchísima suerte, te acordabas de mi presencia al pasar descuidadamente el peine por tu cabello. Un día te reflejé como tus mejillas, que nunca se ruborizaban, ahora estaban rojas, cubiertas de lágrimas de angustia; y tus ojos… ninguna expresión que en todos mis años había visto. Desde ese momento nos hicimos más cercanos, aunque por el contrario de mis pensamientos, tú parecías odiarme. Aunque tal vez, era odiarte a ti misma… cada vez que te parabas en frente, tus manos se movían de un lado a otro nerviosamente y negabas. “No, no estoy conforme. ¿Ésta soy yo? ¿Mis pensamientos tanto se han distorsionado?” Te equivocabas. Cada vez estabas mejor… pero yo nunca supe qué ocurría en tu mente, sólo con mis ojos ciegos, podía ver tu imagen. Hasta ahora, no me había percatado de los cuadernos que portabas camino a tu habitación, los libros con portadas oscuras y las horas que pasabas en una pantalla de colores. Poco a poco, te fuiste evaporando cada vez más, y un cascarón vacío parecía estar en lugar de la niña a la que conocí. Aún más descuidada, aún más triste… manchas moradas comenzaron a rodear tus ojos.”No es real. La cosas no suceden así, la inutilidad te perturba”, murmuraste varias veces, mientras las horas pasaban. Horas de días, de semanas, horas de años completos. Incluso, entre tanto hablar contigo misma a mi lado, dejaste de dormir y las manchas aún se expandieron más…
Creo que perduraron el tiempo. Sin embargo, un poco de color le hacía falta a mi rostro.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Evadirme
El aire se expande, la sociedad crece, el mundo avanza y progresa conforme a la ambicióm inculcada en el hombre. Las cosas que hacemos están dominadas por nuestra inconciencia, por aquellos mensajes que nunca percibimos, que nunca escuchamos y sin saberlo, se presentan al momento de tomar decisiones. Eso al menos, me sucede a mí.
Estoy tomando un énfasis por ser realista, por considerar que lo subjetivo ya no es válido en un argumento aún cuando se trate de la misma persona que está hablando, por ser suspicaz y desconfiada frente a los espejos que se enfrentan en mi camino. Soy, y es, por lo mismo, completamente normal. Una etapa, un proceso, un futuro cambio y una persuasión a mi mente frágil y desprovista de voluntad incondicional...
Me presento. No me llamo Charlotte, no soy mayor de edad, y mis descripciones se basan en la negación.
Estoy tomando un énfasis por ser realista, por considerar que lo subjetivo ya no es válido en un argumento aún cuando se trate de la misma persona que está hablando, por ser suspicaz y desconfiada frente a los espejos que se enfrentan en mi camino. Soy, y es, por lo mismo, completamente normal. Una etapa, un proceso, un futuro cambio y una persuasión a mi mente frágil y desprovista de voluntad incondicional...
Me presento. No me llamo Charlotte, no soy mayor de edad, y mis descripciones se basan en la negación.
domingo, 27 de noviembre de 2011
De aquella
La mujer en el café/librería no sobrepasaba los 20 años de edad, ni en experiencia, ni en tiempo. Un largo abrigo beige se extendía por sobre sus hombros, cubriéndola como si por dentro pudiese mantener toda la seguridad del mundo. Su cuello lucía una bufanda marrón, comprada por ella misma a vísperas de la navidad en una tienda de segundo uso; sus manos, guantes que dejaban al descubierto la delgadez de sus blancos dedos y las pequeñas heridas producto del frío.
Aquella mujer con tendencia a los colores sobrios y lo antiguo, caminaba una mañana de diciembre con un libro bajo el brazo.
Sus ojos dentro del cálido local encontraron una mesa para tres, en medio de la soledad y la calma, alejada de cualquier persona que pudiese entablar una conversación sobre autores que nadie conoce, para su propia felicidad. Apartó la silla con el miedo inicial que provocan todos los lugares nuevos y se sentó con el menor ruido posible para no llamar la atención. La discreción siempre debía ser un factor clave. Aún así, el dueño la distinguió y al interrogarla recibió apenas un asentimiento de la joven ante el ofrecimiento de un cappuccino, intrigándose acerca de su inmenso silencio, lo que ella fingió no notar. Cuando su café llegó, miró a su alrededor sin parecer irrespetuosa y tomó su lápiz para comenzar a escribir. Cerró los párpados y se dejó llevar por los detalles de cada recuerdo que poseía. El olor del café, el color de su lápiz, la coleta desordenada que había quedado en su pelo. Cualquier sentimiento era vagamente captado por las palabras, pero aún con esa dificultad, permaneció apartada en su mundo por horas.
Antes de salir, observó su reflejo en los vidrios se empañados de lluvia. Tenía un nuevo brillo en los ojos. El mío.
Aquella mujer con tendencia a los colores sobrios y lo antiguo, caminaba una mañana de diciembre con un libro bajo el brazo.
Sus ojos dentro del cálido local encontraron una mesa para tres, en medio de la soledad y la calma, alejada de cualquier persona que pudiese entablar una conversación sobre autores que nadie conoce, para su propia felicidad. Apartó la silla con el miedo inicial que provocan todos los lugares nuevos y se sentó con el menor ruido posible para no llamar la atención. La discreción siempre debía ser un factor clave. Aún así, el dueño la distinguió y al interrogarla recibió apenas un asentimiento de la joven ante el ofrecimiento de un cappuccino, intrigándose acerca de su inmenso silencio, lo que ella fingió no notar. Cuando su café llegó, miró a su alrededor sin parecer irrespetuosa y tomó su lápiz para comenzar a escribir. Cerró los párpados y se dejó llevar por los detalles de cada recuerdo que poseía. El olor del café, el color de su lápiz, la coleta desordenada que había quedado en su pelo. Cualquier sentimiento era vagamente captado por las palabras, pero aún con esa dificultad, permaneció apartada en su mundo por horas.
Antes de salir, observó su reflejo en los vidrios se empañados de lluvia. Tenía un nuevo brillo en los ojos. El mío.
No me gustan las marcas de agua
Dejo, permito y autorizo a que mi lápiz escriba inverosimilidades en un descuidado cuaderno de lenguaje. La tinta es clara, sí, muy clara, casi celeste en lugar de azul; la hoja está abultada por almacenar entre las débiles tapas dibujos descriptores del aburrimiento en clases; la mesa y el poco espacio que queda entre la silla no me permiten estar derecha contemplando el triste panorama de un "te extraño" borrado por debajo de mis apuntes. Así es, así me quedaré, mientras el resto de mis compañeros desvía su mente intentando descifrar enunciados por medio de lo que llaman "compresión" lectora, hasta que el sonido del timbre atenúe y se conjugue con los gritos de un viernes, al término de la hora.
El color gris del cielo no parece en extremo intrigante, el tráfico de respuestas que surge cuando nadie está observando yo tampoco lo he visto, el pensamiento de los que nos creemos escritores... podría continuar e intentar recopilar los minuiciosos detalles de cada línea, inicial y sentimiento que cubrió algún día por primera vez ese espacio en la pared, pero todos ya comenzaron a moverse.
En estos momentos, me pregunto de quién será el lápiz.
El color gris del cielo no parece en extremo intrigante, el tráfico de respuestas que surge cuando nadie está observando yo tampoco lo he visto, el pensamiento de los que nos creemos escritores... podría continuar e intentar recopilar los minuiciosos detalles de cada línea, inicial y sentimiento que cubrió algún día por primera vez ese espacio en la pared, pero todos ya comenzaron a moverse.
En estos momentos, me pregunto de quién será el lápiz.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Truenos en un sorbo de café
¿Cómo está después de tantas nevadas otoñales bajo la fría luz del parque?
¿Ha encontrado de esas mujeres frívolas y sin sentimientos?
¿Ha dejado caer sobre las hojas tintas de mancha verde azul?
¿Ha pensado en enviarme una postal de navidad?
Como le decía, amo las tormentas eléctricas.
Frente a una ventana, frente a las nubes, frente a un pincelado cielo de carmín.
- Ahí permanece.
Las malas personas siempre permanecemos.
¿Se sirve café?
No, no, sírvale té en una taza de porcelana fina. Ya verá que es mejor que la anestesia.
- ¿De canela o limón?
- Alcaloides, querido, alcaloides. ¿Es intolerante a la lactosa o prefiere sacarina?
Cafeína para hacerlo más dulce.
Árbol enfermo, frutos enfermos.
¡No hay playa cerca!
¡¿Dónde diablos dejé mis textos?!
"Escapándose débilmente de la permanencia del papel- aquella que una vez escrito no le permite cambiar de dirección, pero si de magnitud al releer, quedando como un difuso recuerdo..."
No, no sirve. ¡Claro está, sólo es un juego de palabras que silencia mi inquietud!
Sigue sin servir.
¿Le molesta si le cuento la historia de la niña que se creía ángel y luciérnaga al mismo tiempo, pero que por intereses compartidos y contradictorios no pudo cumplir su sueño de ser bailarina de ballet y ve como su mundo se cae poco a poco al comprobar que su forma de escribir es comparable al de una analfabeta?- ¡Quería una obra que impulsara la ambrosía! - Imagínese cuán loca estaba. Bueno, comienzo.
Había una vez la criatura más inocente y pura que alguna vez piso la tierra. Ella atraía a la luz.
Escuchan mis pasos las paredes,
mi respiración como un grito de alarma,
¡No me sigan!¡Dejen que me esconda!
¿Qué le pareció?
JODIDAMENTE MALO. PÉSIMO. Bonito, sabe que me encanta, es usted sublime.
- No sé... no, ni idea. ¿Sigue en pie la oferta del café?
Los gritos son enterrados por el silencio de la incomprensión. Doy por terminados mis intentos. De aquí en adelante, me limitaré a despedirme.
Fase 1 de misantropía, atentos al disparo del fusil.
Uh, espere. Creo que me quedó agrio.
PD: En todas aquellas ocasiones tomaba su chaqueta salpicada de rojo, como quien no percibe los colores que han cambiado, y salía a la calle sin temor a nada ni a nadie.
¿Ha encontrado de esas mujeres frívolas y sin sentimientos?
¿Ha dejado caer sobre las hojas tintas de mancha verde azul?
¿Ha pensado en enviarme una postal de navidad?
Como le decía, amo las tormentas eléctricas.
Frente a una ventana, frente a las nubes, frente a un pincelado cielo de carmín.
- Ahí permanece.
Las malas personas siempre permanecemos.
¿Se sirve café?
No, no, sírvale té en una taza de porcelana fina. Ya verá que es mejor que la anestesia.
- ¿De canela o limón?
- Alcaloides, querido, alcaloides. ¿Es intolerante a la lactosa o prefiere sacarina?
Cafeína para hacerlo más dulce.
Árbol enfermo, frutos enfermos.
¡No hay playa cerca!
¡¿Dónde diablos dejé mis textos?!
"Escapándose débilmente de la permanencia del papel- aquella que una vez escrito no le permite cambiar de dirección, pero si de magnitud al releer, quedando como un difuso recuerdo..."
No, no sirve. ¡Claro está, sólo es un juego de palabras que silencia mi inquietud!
Sigue sin servir.
¿Le molesta si le cuento la historia de la niña que se creía ángel y luciérnaga al mismo tiempo, pero que por intereses compartidos y contradictorios no pudo cumplir su sueño de ser bailarina de ballet y ve como su mundo se cae poco a poco al comprobar que su forma de escribir es comparable al de una analfabeta?- ¡Quería una obra que impulsara la ambrosía! - Imagínese cuán loca estaba. Bueno, comienzo.
Había una vez la criatura más inocente y pura que alguna vez piso la tierra. Ella atraía a la luz.
Escuchan mis pasos las paredes,
mi respiración como un grito de alarma,
¡No me sigan!¡Dejen que me esconda!
¿Qué le pareció?
JODIDAMENTE MALO. PÉSIMO. Bonito, sabe que me encanta, es usted sublime.
- No sé... no, ni idea. ¿Sigue en pie la oferta del café?
Los gritos son enterrados por el silencio de la incomprensión. Doy por terminados mis intentos. De aquí en adelante, me limitaré a despedirme.
Fase 1 de misantropía, atentos al disparo del fusil.
Uh, espere. Creo que me quedó agrio.
PD: En todas aquellas ocasiones tomaba su chaqueta salpicada de rojo, como quien no percibe los colores que han cambiado, y salía a la calle sin temor a nada ni a nadie.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Es que no..
Las líneas no son rectas, el color no es lo suficientemente fuerte, las palabras son demasiado pequeñas. No es así como esperaba que se formaran los acontecimientos, los momentos mal ocupados y las diferentes formas de negar lo que quería o finalmente terminaba odiando. No es así como quería interpretar las emociones, como quería explicar que sólo intentaba llamar la atención y toda la rabia que me inundaba - que no era culpa tuya ni de nadie - como es que era capaz de hacerme perder la razón en el tiempo incorrecto. No es así como esperaba llevarme contigo, con lo que tú amabas, con que tú soñabas y aspirabas a ser; con tu vida, con tus creencias y tus mentiras inculcadas por otra sociedad.
Si ahora te pidiera perdón, ¿me dirías que todo está bien?
- Es que no...
Si ahora te pidiera perdón, ¿me dirías que todo está bien?
- Es que no...
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