Un día de Enero, aburrida de caminar, me senté en un banco de un enorme parque que nunca, nunca había visto. Aquel lugar parecía tristemente reflejado de un cuento de hadas, tétrico con los grandes árboles dibujando sombras de maliciosos perfiles sonrientes, y a la vez mágico, alumbrado por el potente sol que se entreveía formando mariposas.
Balanceaba mis piernas, y el banco de madera rechinaba como cantando una vieja historia de antiguas experiencias. Una nube de Febrero cubrió por un segundo de oscuridad en donde yo me había sentado. Alcé la vista al cielo y éste me recordó a unos ojos. Unos ojos que me habían guiñado.
El viento de Marzo hizo caer algunas hojas de Abril, y un estremecimiento hizo que el mundo se volteara dejándome desorientada, sin mapa, temblando de miedo. Esa vez tuve que conversar conmigo misma para caminar, convenciéndome de que el abrigo verde petróleo sería lo suficiente abrigado para caminar por Mayo.
Avancé adentrándome en el pequeño bosque que en un principio era parque, e intenté recordar cómo había llegado hasta el centro de ese lugar. Sin embargo, dicen que en los sueños no se puede recordar como comenzaste, y creo que es verdad, así que nunca lo encontré dentro de mi frágil memoria. Pero si me acordaba de algunos momentos de Junio, cuando yo creía que el libro que llevaba en mi maleta era el que me estaba llevando a conocer a todo, a todos, cuando lo descubrí en Septiembre y el resto del año fue melancólico de tanto escuchar una canción de piano.
La nieve poco a poco escondió la vida bajo su brazo, sin darle más opciones al sol de huir fuera en el primer ataque. Una bufanda larga de lana fue mi mejor amiga en aquel frío y nervioso Julio, lleno de sorpresas, fuera de mi intuición personal.
No sé con exactitud el momento en que los árboles dejaron de ser árboles para convertirse en acogedoras casas, o cuándo ese único libro que tenía, se convirtió en cientos, y aquellos cientos en miles de personajes que caminaban conmigo en medio de la soledad. Se lo atribuyo a Agosto, porque aún había atisbos de hielo.
Cabe mencionar a Septiembre otra vez, porque dejó ver al lado del camino unos viejos rieles.
Poco a poco los rieles se vieron más y más, y la banca en dónde me había sentado en el parque hace tanto tiempo en Octubre, volvió a aparecer, invitándome otra vez a esperar, mientras repasaba historias que si el destino hubiese querido que sucedieran, hubiesen ocurrido.
Me vi a mi misma absorbiendo cada tren que pasaba por la estación, viendo como cada uno se llevaba mis maletas, mis recuerdos, mi memoria, mi personalidad, sin parada alguna para mí, en mi estimado Noviembre.
Y retornando a Diciembre, cuando comenzó todo el poema épico, comprendí que más que amor era obsesión, y más que obsesión era encontrarme a mí misma. Aun así, puedo seguir esperando en aquella banca.
Finalmente, nunca entendí por qué aquel girasol creció en mi ventana. ¿No se suponía que las flores no salían en este tiempo?
Pienso que el destino se ríe de mí.
Lo amé, así de fácil. Descargaste las palabras con mucha soltura y la forma en que empleaste los meses me produjo mucha fascinación. Realmente muy bueno
ResponderEliminarMis cinco estrellas para tí. Kioshi
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