viernes, 4 de junio de 2010

Volar

El pasto estaba levemente humedecido cuando se recostó sobre él.
Sin importarle, volvió a admirar el cielo como lo hacía cada día antes del atardecer, cuando el sol aun estaba radiante y las nubes no lo escondían; como siempre, hermoso. Pero aún así, no se comparaba con la pequeña avecilla que cruzó volando unos metros de su cabeza. Más hermosa aún.
Muchas veces cuando observaba a los pájaros que volaban por sobre el parque, se preguntó que sería ser uno de ellos; cómo se sentiría viajar y ser libre, pero sobre todo, volar. ¿Daría miedo la primera vez? ¿Cómo batir las alas? ¿Cómo aterrizar? Pero dejó de seguirse preguntando lo que suponía nunca iba a saber.
Sueños, solo sueños se dijo a sí misma, pero no podía evitar pensar lo mismo una y otra vez cada vez que una nueva oportunidad se presentaba.
Cerró los ojos un momento, para descansar un poco su agotada mente e imaginó todas las cosas imposibles que alguna vez quiso hacer.
Cuando volvió a abrirlos, se sintió más liviana de lo que se había sentido en mucho tiempo y eso arregló su estado de ánimo.
Extrañamente, un impulso la hizo levantar sus brazos, y en lugar de ellos, vio un par de alas a sus lados, de un color blanco que parecía brillar más que el sol. Sin pensarlo, batió las alas y comenzó a elevarse y montones de emociones la embargaron: alegría, miedo, extrañeza y gozo, todo al mismo tiempo.
Sintió el viento sobre su pelo, y la adrenalina hizo que el viaje fuese mejor de lo que esperaba. ¡Cuánto tiempo había intentado imaginar este momento y cuán equivocada estaba! ¡Qué poca justicia le había hecho a la experiencia de volar! Nada podía comparársele, absolutamente nada.


No supo cuántas horas estuvo volando, ni cuántas ciudades pasó en el trayecto, pero no se sentía ni un poquito cansada.
Unas cuántas avionetas la vieron, pero siguió de largo. Lo único que la distrajo, fueron las voces de hombres de un globo aerostático cercano, y al mirar vio cómo le tomaban fotos una y otra vez. No podía culparlos, porque ella también amaba sus alas.
El idioma que hablaban, en un principio fue muy difícil de interpretar, pero la exclamación de una ronca voz la hizo estremecerse al comprender que lo entendía.

“¿Volar? ¿Cómo puede ella volar?”.

Puedo porque soy un pájaro, ¿no lo ves?, pensó en contestar.

Las exclamaciones persistieron otra vez “¡Ella es humana! ¡Humana!”

¿Humana?

¿No puedes ver mis alas? Los humanos no tienen alas, pensó sintiéndose exasperada; pero algo en las palabras que aquel había dicho hicieron que dudara y mirase a su costado, dónde solo pudo observar unos débiles brazos en un intento de aleteo.

En ese momento, comenzó a caer.

¡No!

Intentó salvarse, intento aletear otra vez, pero sus brazos no causaban el mismo efecto de sus alas. El tiempo se había acabado. La distancia en que estaba ella del suelo disminuía más y más.
Comprendió que moriría, que ella nunca debería haber deseado ser otra especie, y lo había pagado caro. Pero el precio parecía demasiado alto.
Reconoció el lugar en el que caería, el parque donde le gustaba quedarse a pensar.
Cerró los ojos y se despidió de si misma y de aquellos que conocía en su mente.

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Cuando abrió los ojos, vio como el atardecer estaba comenzando. Se sentó en el pasto ya seco y se le pasó el poco sueño que le quedaba.

Ahora ya sabía lo que era volar.

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