Capitulo II-. Empezar de nuevo
II-
-Mil, dos mil, dos mil quinientos… con esto no me alcanza ni para el almuerzo. Necesito otro trabajo –pensó Eduardo, mientras una señora se sentó a su lado en el micro bus.- Si hablo con el pastor, quizás él me pueda conseguir un trabajo para poder ganar mas dinero, el entenderá mis razones.
Cuando paso por un pequeño templo que estaba en el recorrido del micro bus, se bajó. Entró en aquel lugar y oró. Para su sorpresa, ese lugar era uno de los templos del pastor que visitaba la casa de acogida en la que él estaba. El pastor se acercó a el, sin que se diera cuenta. Cuando hubo terminada su oración, giró y vio entre las sillas del escenario al pastor, que sentado lo vía orar.
-Tanto tiempo Eduardo que no lo veía!
-Hola pastor!, pero si sólo fue la semana pasada que nos vimos en la casa de la acogida
- Jajajá, Cierto, cierto… qué le trae por aquí, joven?-
-Tenia una necesidad de venir a este lugar, no se porqué… fue casi magnético. Tenía necesidad de hablar con usted también, pero no sabia que trabajaba en este templo.
-Bueno, este es uno de los tantos templos que fundamos hace poco, y yo no trabajo, sólo hago mi deber
Tuvieron la charla, Eduardo le contó su situación y su sed de aspirar a algo mejor. Él sabía que podía, lo sentía y lo lograría, como logró salir de aquella prisión imaginaria. Terminada la charla con el pastor, quien le prestó quince mil pesos para comprarse una tenida formal, salió hacia la calle. Mientras cruzaba a la calle del frente, vio en el paradero, a una mujer que lloraba.
-Señora, se encuentra… -se perdió nuevamente en la mirada de aquella mujer-
Aquella era la señora del bus, la mujer de los ojos verdes pardos, como olvidarse de ella, toda una dama
-Sí, sólo váyase… no querrá deprimirse con mi vida.
-Por favor míreme, venga, salgamos de aquí.
La mujer al ver el rostro de aquel hombre, lo reconoció en seguida.
-Usted!... yo la he visto antes, en… el bus! … -dijo mientras secaba sus lágrimas-
-Si, soy a quien se le olvido pagarle
-En serio? No le pague!? Que estúpida!... le pago ahora mismo – hizo un esfuerzo por meter su mano en el bolso, pero fue detenida enseguida por el hombre
-No se preocupe, su deuda esta saldada si viene conmigo a comer algo por ahí.
Fueron juntos al salchipapas más cercano “Bam-bam”, un lugar barato y con comida rápida excelente, uno de los más conocidos del lugar. Cuando llegaron, las mesas, las sillas, las peruanas que atendían, todo tal y cual como cuando se fue a la cárcel. Todo tal cual como cuando estaba en su adicción.
-Ahora dígame, por qué lloraba?
-No creo que le interese mi vida de perro
-Pero como dice!, si le contara mi vida, sabría realmente que soy un pobre vagabundo en la vida.
-Esta bien… el otro día cuando estaba en el bus, venia desde la cárcel. Me dieron al fin mí libertad. Asesiné a mi pareja. –se produjo un silencio incómodo, Eduardo la miraba con atención- pero fue en defensa propia! Nadie entendió eso! Nadie nunca me escuchó! Todos dijeron que yo era la peor esposa del mundo, la peor mujer. Todos le comían sus cuentos a ese infeliz, a ese maldito infeliz, que lo único que hacia si no estaba en su oficina o en la casa, era emborracharse en las noches en alguna casa de putas. Pero esa noche, él llego más ebrio que nunca. Me golpeó, y cuando vio a mi hija Adriana, se lanzó sobre ella para tratar de violarla por segunda vez. Subió las escaleras. Adriana que estaba en la parte superior de estas, salió corriendo hacia su habitación, en ese entonces tenia diez y siete años. Yo, desesperada no iba a soportar que algo así sucediera de nuevo en mi casa, corrí hacia el, luego de haber ido a la cocina por un cuchillo. Ya había entrado a la pieza de la niña, tenía los pantalones abajo… ella lloraba en un rincón. – Detuvo su narración, para poder respirar profundo- Cuando me vio entrar, se lanzó sobre mí. Intentó tomar el cuchillo que tenía en mis manos. Pero no pudo, porque este salió disparado y cayó sobre la cama. “Adriana! sal de aquí!” grité, pero era imposible, estaba en shock. Yo no sabía qué hacer. Como el estaba tan borracho, intenté correr hacia la cama, el también lo hizo, pero tropezó con sus pantalones y cayó al suelo. Tomé una sabana, y lo amarré, pero el muy desgraciado logró salir y me intentó golpear contra la ventana de la pieza. No pude esquivarlo, y los vidrios se rompieron. Tomé uno de esos vidrios, y lo pasé por su cara. Ensangrentado y lleno de furia intentó empujarme de nuevo, para botarme a través de la ventana con los vidrios rotos. Pero no pudo, cuando intentó hacer el movimiento de empujarme, yo tomé el cuchillo, y al acercarse a mí se lo enterré en su pecho. La sangre empezó a mancharme la ropa. Adriana, se acercó a mí, me abrazó y me pidió perdón por haber ocasionado todo esto. Hasta el día de hoy, piensa que es su culpa, que todo fue su error, pobre niña. Después de un rato, frente a la casa llegó una patrulla policial, los vecinos habían escuchado todo, como era de costumbre. Inspeccionaron lo ocurrido, y enseguida llamaron a una ambulancia, pero era demasiado tarde, Rolando ya estaba muerto. –Hizo una pausa breve, Eduardo comía con lentitud, y la miraba fijo a los ojos.- Me arrestaron condicionalmente, pero después, en el juicio, me encerraron tres años por asesinato con armas blancas. Yo no supe que hacer, no supe que pasaría con mi vida… no supe que pasaría con la Adriana. No supe nada. Nadie me defendió tampoco, no supe que decir… se excusaban en que él no portaba armas, que era un buen hombre. Todos le creían cuando estaba vivo, era uno de los jefes de los supermercado mas importantes de la región, por eso todos estaban a su favor. Cuando estaba con sus amigos, era todo un caballero, pero al llegar a casa era una pesadilla –no pudo soportar más el dolor, y se quebró, sus lágrimas mojaron su cara y se derramaron hasta llegar a su cuello.
-Por Dios, lamento mucho lo ocurrido –dijo después de un momento Eduardo, quien conmovido detuvo su almuerzo. Sentía en su corazón como le afectaba la narración de su interlocutora
-No te preocupes, ahora estoy mejor –decía, mientras se secaba algunas lágrimas
-Dime, con quién estuvo tu hija los tres años en que estuviste en la cárcel?
-Ella… está con un hombre de treinta años, ni siquiera sé si esa es su verdadera edad, ya no puedo confiar en ella… - empezaron nuevamente los sollozos- todo por mi culpa, mi ausencia… soy un desastre como madre… nunca debí haber tenido hijos, lo único que hago es llevar todo a la miseria. –y se quebró nuevamente.
Eduardo se acercó a ella y la besó en la cabeza. Ese es el precio, marcar la vida, arruinarla. Le dijo que al fin y al cabo, asesinato o no, ella había hecho lo correcto en salvar a su hija, que era probable que aquel hombre volviera otro día y se vengara nuevamente, que la policía no hacía nada con aquellos casos, que hay muchos hombres más que siempre vuelven y golpean a sus mujeres y ellos no hacen nada. “Lo que pasó con ella después, no es en parte tu culpa. Se suponía que el gobierno se debía encargar de Adriana, qué pudiste haber hecho tú mientras estabas en la cárcel? Tranquila…” le dijo mientras ella lloraba en su pecho.
-El gobierno se encargó de ella, pero al cumplir los diez y ocho años la dejaron libre. –se pausó unos minutos- No se supone que deba contar estas cosas y menos llorar en desconocidos, aún no sé su nombre.
-Me llamo Eduardo Nalvarino, y usted?
-Miranda Rodríguez, gracias por estar aquí.
-Gracias por mostrarme otro camino –dijo, mientras en su corazón empezaba a arder una llama de fuego, Miranda había entrado en su vida.
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