I-. Miseria
-Le cedemos su libertad, después de estar en prisión por un periodo cumplido de 36 meses.
Fue el mejor momento que ella pudo haber esperado durante esos tres años en la cárcel. Al fin vería los ojos de su pequeña hija, su amada hija a quien había ansiado tener entre sus brazos durante toda esa eternidad de infinita soledad y miseria.
Todo fue un error, ella lo sabía, ella siempre lo supo, pero nadie le creyó. Ella hacía lo correcto, ella lo hacía… sólo protegía a su niña, todo fue culpa de ese imbécil,
Salió de la cárcel, después de haber ido al juzgado y se dirigió a su casa en un bus. No recordaba como era la vida, como era el aire que se respiraba en la ciudad. Mientras viajaba en el bus, se puso a pensar qué haría cuando viera a su niña, que haría cuando entrara en su casa y comiera algo que realmente fuera decente. Que haría para curar todas las heridas que la prisión y las prisioneras habían hecho en ella
Las casas de la avenida que recorría el bus eran hermosas, había casas nuevas y otras antiguas que había visto antes de entrar a ese lugar. Mientras el bus estuvo detenido en un paradero, subió un comerciante ambulante que vendía agujas y venditas para las heridas. Escuchó su testimonio: él había sido un honrado guerrero que había ido a una guerra ficticia, hecha por él mismo. Recorría las calles todas las noches en busca de su enfermedad, en busca de aquello que le aliviaba. Hasta que un día, su mente ya torturada tantos años con esa droga decidió por una tercera vez intentar cambiar, pero esta vez seria en serio. Fue a una casa de acogida cerca del hospital de la ciudad, y vivió ahí durante la semana. Un día de esos llegó un pastor a aquella casa, y gracias a él pudo conocer lo que realmente valía la pena. Dios lo cambió, gracias a Dios, puede vivir en paz, gracias a esa milagrosa aparición en su vida, ahora está intentando ganarse el pan de cada día. Su corazón conmovido, ya había oído esa historia muchas veces, pero como siempre de buena persona, le compró un paquete de venditas para las heridas.
-Hola, ¿qué le ofrezco señorita? –dijo con una voz muy serena mientras veía sus productos-
-Me da una vendita para las heridas, por favor –le respondió tiernamente, sabiendo lo que hacía era sólo para ayudar al hombre.
-Claro -sacó un paquete de banditas y se las estaba entregando hasta que se perdió en ella, sus hermosos ojos que ahora estaban llenos de tristeza, eran de un color verde pardo, su piel era blanca como el blanco mas puro de una flor, sus labios resecos demostraban todo el tiempo que estuvieron sin cuidado. Él sólo la miraba, perdido en el vacío de la vida, en el abismo mas profundo de su corazón, hasta que el bus comenzó a moverse y la empujó sobre ella- Perdone, aquí están sus venditas, gracias y que Dios la bendiga.
El hombre desconocido, hizo parar de nuevo el vehículo al chofer, quien empezó a rezongar que todos los comerciantes ambulantes eran iguales, que nadie lo respetaba sólo por ser chofer de bus, que no se daban cuenta de lo mucho que él trabajaba, entre otras cosas. El hombre se bajó y se quedó viendo como se iba aquel bus, hasta que se dio cuenta que aquella muchacha no le había pagado las vendas que le dio.
Ya en la calle, decidió caminar hasta el mercado que estaba a dos cuadras de su bajada en ese lugar para seguir vendiendo sus productos. Él sabía que ésta no era la única forma de trabajar, que podía hacer algo más honrado que sólo vender miserias. Se había prometido, que cuando tuviera más de diez mil pesos, haría lo posible por ir a la feria y comprarse una ropa nueva para ir a alguna presentación de trabajo como mesero o repartidor de algún producto.
Desde niño, siempre soñó con trabajar en una oficina y tener muchos papeles a su alrededor. Cuando estudiaba en el colegio, los números eran los suyo, pero todo cambió cuando a los trece años se dio cuenta de algo que marcaría su vida. Sus padres lo habían adoptado. Él sin saber como reaccionar, se fue de la casa y encontró refugio en lo más lejano que tenia, en lo más certero para olvidar los problemas, en una de las cosas bajas que un hombre puede caer. Se hizo adicto a la droga, al cigarro y a las bebidas alcohólicas que sus amigos le daban cuando iban todos a la playa. Sus padres siempre pensaron que lo hacían bien con aquel niño de rulos que todos amaban en aquella casa, pero no se daban cuenta que era un monstruo por dentro, que estaba muerto sentimentalmente, que no era nadie. No sólo aquella verdad tuvo la culpa, su padre era un hombre machista quien decía que los hombres podían hacer lo que quisieran, él lo dejo salir todas las noches en su maldita adolescencia, le dio una libertad sin limites, hasta donde él quisiera hacer. Su padre había criado a tres hijos vacios, era un animal con su hija a quien golpeaba constantemente, su hijo mayor había sido padre de tres hijos antes de los treinta años e igual tenia adicción por la bebida alcohólica y por último, el menor era un drogadicto ya avanzado.
Cuando a los treinta y seis años, hizo un recuento de todo lo que había hecho en su vida, llegó a un número total igual a cero. Entro en pánico y decidió cambiar por tercera vez o más. Lo intentó, funcionó.
Cuando el bus se estaba acercando a aquel barrio donde había vivido durante gran parte de su vida, su corazón empezó a acelerar. Vio en la esquina del teléfono, escritas nuevas cosas por los pandilleros, vio las casas todas sucias y viejas, como nunca las había visto, pero aún así le alegraba estar ahí, en su hogar. Cuando el bus se detuvo, bajó con una gran calma para ocultar que aún estaba nerviosa. Vio su casa desde lejos. Afuera el enrejado había sido pintado al igual que la casa, habían remodelado las ventanas, la puerta, y la forma del techo, con que dinero quiso saber. El árbol que estaba en la entrada había sido cortado, todo esto para que los medios no la reconocerían más como “la casa de la perdición” o “la casa de la miseria de los Rodríguez” quizás pensó. Abrió la reja y entró al jardín que estaba con el pasto muy largo y seco. Golpeó la puerta y esperó. Nadie abrió. Le dio mucha pena, pero en seguida recordó que era día de semana y que su hija estaba a lo mejor en el colegio. Decidió salir y sentarse en la vereda de la calle a esperar. Mientras esperaba, un recuerdo veloz atravesó su cabeza. Recordó todo: recordó el momento en que aquel hombre, había vuelto a su casa, recordó las bebidas, recordó la discusión, recordó a su hija, recordó la sangre, recordó a la policía… lo recordó todo, pero con una velocidad tan rápida, que sólo alcanzo a salirle una lagrima de sus ojos.
Eran las seis de la tarde, cuando desde la esquina logró ver una muchacha alta, delgada con un bolso en sus manos. El cansancio se le notaba desde muy lejos. Cuando vio a alguien sentada en la vereda de su casa se asombró mucho. No lograba distinguir bien la figura de aquella mujer de cabello largo y piel blanca sentada afuera de su casa hasta que se acercó lo suficiente como para lograr ver el pálido color de sus labios y el brillo perdido de sus ojos. Ella se levantó y vio como su hija corría a abrazarla mientras esta caía al piso de rodillas llorando.
-Perdón mamá, perdón... perdóname por favor… perdóname –le suplicaba mientras sus brazos apretaban el cuerpo de esa mujer que lloraba sobre su cabeza- perdóname, yo nunca quise dañarte-
-Tranquila hija, tranquila… lo que pasó, ya pasó. Ahora nada de eso importa, solo importamos tú y yo en este mundo. Tranquila… -lo había planeado durante todo el camino en el bus.
~ Capitulo II... proximamente :3. Responderá sus dudas sobre con quién vivía la hija y que le hizo a la madre :3 ~
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