En la pequeña sala, el olor a madera húmeda en la chimenea se sentía en el ambiente de recién comenzado Mayo. Las hojas de los árboles, ya amarillentas, habían caído una a una con el soplar del viento al igual que las esperanzas de Gabriela de alcanzar la felicidad a través de un fuerte lazo que duraría toda la vida.
El dinero escaseaba, pero el amor que sentían los enamorados cubría ampliamente los problemas que tenían, tan solo el anhelo de entrar a aquella pequeña iglesia de roble les producía una sensación de bienestar.
A pesar de que ambos trabajaban, ni el salario de cajera ni el de zapatero hacían que el sueño se hiciera más cercano. Al padre de ella, cansado por la edad, ya casi no lo contrataban en ningún lugar, y el poco dinero que podía ganar iba en descenso con los años, pues la inutilidad del viejo y la ceguera cada vez eran más notorias.
Sentado en el sillón, leía una de las novelas que cuando joven, su madre le había regalado. Cuentos anónimos que amaba tanto. Pero decidido a volver a la realidad, dejó de lado el libro que tenía en sus temblorosas manos, y esperó que su hija llegase a la casa.
El corazón del viejo se ensombreció al ver el rostro de Gabriela. Hermoso y joven, así lo recordaba, pero ahora se veía más triste que nunca, y parecía que el día la acompañaba en el sentimiento. Pero, ¿qué ayuda podría ofrecer él? ¿Cómo? Una palabra que le dolió en el alma, vino a su mente: Libros, pero la felicidad de su hija era más importante.
Tiempo después, lo único que le quedaba de esas historias, eran vagos recuerdos, pero la expresión de su hija volvía a tener mas vida otra vez, lo cual lo hacía sentirse enormemente feliz.
En Julio, lo más crudo del invierno irrumpió en la pequeña casita, pobremente revestida contra el frío de la estación, provocando que permaneciera postrado varios meses en cama, victima de una enfermedad que probablemente diera fin a sus últimos días. Pero Gabriela se negó a dejarlo morir. Usó todo el dinero que tenía en su cajita de ahorros, para sanar a su padre.
Empeoraba y mejoraba, manteniéndose siempre en el medio, sin embargo, se sintió culpable de todo, de enfermarse, de ser inútil, de no poder ayudar.
Culpable o no, nunca se lo perdonaría a si mismo.
El viejo, atormentado por la eterna tortura del pasar de los años, se sentó en aquel desgastado sillón marrón; deseando que el tiempo fuese solo un batir de alas, para encontrarse pronto con la madre de sus hijos, más allá de los sueños, terminando la angustiosa espera.Y así, las hojas de los árboles, ya amarillentas, habían caído una a una con el soplar del viento, al igual que al año anterior.
LO MAXIMO XD
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