Parpadeó tres veces, escuchó los dulces trinos del verano, el visillo de la ventana ennublaba la luz que quería entrar. Y miró a través de ella. Un estanque celeste, cortado por copas de árboles y cables de luz; los móviles se movían perezosos, el techo de una casa y una chimenea con ese gorrito chino que evita que entre el agua. El alero.
Estirando un poco más el cuello alcanza a ver el techo de zinc de su casa, brilla.
La televisión suena en la otra pieza, la voz de su madre y la de su tía en el primer piso mientras se despiden, y el móvil de la puerta suena.
En el verano todos son trinos.
Y yo escribo sobre ellos.
Cristóbal murmuraba algo en la habitación de nuestra mamá y Javiera sigue viendo televisión.
Pronto iremos a la zona lacustre de vacaciones, creo que debo comenzar a hacer la lista de las cosas que hay que llevar.
Y los trinos otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario