sábado, 30 de abril de 2011

De rodillas ante el viento

No recuerdo como llegué a ese lugar, sólo sé que era un hombre. Tenía unos treinta años, ropa casual, zapatos negros y pelo corto de color café claro. Mi barba señalaba que no me había afeitado en unos cuantos días. Estaba durmiendo en una cama que no era la mía, dentro de un departamento pequeño e impropio, que tenía solamente un dormitorio, un baño y una sala de intermedio con pocos muebles. Presentía que de alguna forma, vivía ahí.
No había nadie cuando desperté. Miré hacia la ventana y estaba abierta, caminé hacia ella y pude sentir la brisa marina que uno percibe cuando se camina por la arena en la costa, esa brisa salada que de algún modo refresca. Me encontraba en el octavo piso, y abajo podía ver un roquerío y una pequeña orilla de playa. Nadie caminaba en la calle, nada se movía, ni el mar, ni las olas, ni las aves. La única señal de movimiento era la del aire, que bailaba con las cortinas y mi cabello.
Decidí recorrer un poco el pequeño departamento, me dirigí hacia el baño. Realmente era muy similar al de mi casa, quizás se había trasladado hasta aquí. Tenía el mismo espejo, el mismo mueble para poner las toallas, cremas, shampoo, entre otros; la vara para colgar toallas, un lavabo con pasta y cepillos de dientes, un jabón líquido y otro normal, y por último, la misma tina de baño con el mismo diseño de cortina. Todo estaba en el lugar correcto, idéntico al de mi verdadero hogar. Sin embargo, mi extrañeza y el recorrido por aquel departamento duraron poco, decidí darme un baño. Lentamente entré a la tina, mientras mis ropas desaparecían una a una y la tina se llenaba con agua y espuma. La ventana del baño se había agrandado y tenía mucha similitud a la ventana de la habitación, con las mismas cortinas moviéndose al compás del viento, quien me decía que debía bajar hasta la arena. Descansé un rato, me levanté, y mis ropas reaparecieron, fui hasta el mar.
No había nadie, no había nada. Sólo edificios y agua. Ni el viento se asomaba ahora, todo estaba desierto y calmado. Mi parsimonia común reflejaba poca sospecha de algo infrecuente, no extrañaba nada. De algún modo me sentía feliz de la lejanía con los demás, y de que las cosas fueran vacías.
No entiendo como comencé a saltar sobre las piedras que estaban en el agua. De alguna manera, el mar seguía muy calmado, casi ni olas presentaba, y yo despistadamente lo recorrí encima de las rocas que me conducían por un camino inacabado. Volví a la arena, pero al levantar la mirada, la playa estaba llena de gente desconocida. Un miedo aterrador recorrió todo mi cuerpo y me hizo sentir un enojo profundo y tiránico con todos aquellos que, irrespetuosamente habían caído en mi sueño y estaban llegando a la playa como hormigas sobre azúcar descubierta.
El mar comenzó su movimiento habitual. El ruido, los autos, el viento en mis oídos, los gritos de las personas… todo eso tan molesto y absurdo, se agitaban mis pensamientos y mi corazón. Empezó a llover con mucha fuerza, pero las personas persistían en estar en aquel lugar. Los relámpagos empezaron a caer sobre todos, destruyendo olas, pero no sonidos, las personas persistían.
Decidí correr y llegué hasta el departamento, que ahora se encontraban en el primer piso. Miraba con odio desde la ventana a todas aquellas personas que juntas morían y juntas vivían, que juntas enfrentaban los rayos desencadenados de mi propia ira.
Fui a tomar un baño nuevamente. Mientras caminaba hacia la tina, las ropas desparecían, mostrando mi cuerpo al descubierto. Mi cabello aumentaba su volumen en todo sentido, hasta cubrir toda mi artificial piel. En el baño, lo rapé y rasuré también la creciente barba, que se confundía con mi pelo de cráneo. A pesar de todo, aún tenía cuerpo de hombre desnudo.
Entré a la ducha, y el agua no alcanzaba a cubrir mi pierna. Contesté un llamado telefónico a nadie: nadie llamaba, nadie hablaba, era soledad absoluta y desnuda en la tina, como la vergüenza en su forma más natural y desconocida: desnuda por siempre, sin mentiras ni engaños, desnuda de tapaduras y amigos disculpando faltas. Luego me acordé de ti, de tu rudeza frente al mundo y de tu resistencia a mi ira. Con rapidez desesperada me levanté de la tina y bajé hecho una bestia en tu búsqueda. Las personas esta vez estaban mudas, pero permanecían ahí, molestándome.
La lluvia seguía, pero ningún rayo me atormentaba. Me recorrió una idea fugaz la cabeza: “Hieres inconscientemente, aunque el daño no pase por tu mente como pensamiento concreto, sino como un posible hecho, como algo que podría pasar, y que finalmente, termina pasando…” ¿te herí al pensar en ti? Concluí que debía eliminarte de mi mente cuanto antes, debía dejarte libre.
Detuve mis apresurados pasos, y las personas todas me observaban. Estaba en el centro de mucha gente reunida, como cuando alguien baila y todos esperan observando ver algo que no puedan hacer.
-¡ALÉJENSE! –grité. Fue inútil, todas se acercaban a mí lentamente y lentamente me fui encorvando, el suelo se hizo cada vez más placentero, las personas cada vez más aterradoras, y mi miedo cada vez más profundo, tan profundo como tu sonrisa y tus palabras, tan profundo como cuando una persona pierde el control de si misma y empieza a llorar.

jueves, 28 de abril de 2011

Quemar una planta alivia la rabia

Sinceramente nunca esperé que creciera.
Era la más grande, sin embargo, se veía pálida y vieja, triste y vacía. Cuando la puse en el agua flotó, comprobando que no serviría, pero confié en que algo ocurriría. Busqué la mejor tierra, la mejor maceta, la mejor forma de que algo entre nosotros creciera aunque fuese solo amistad, porque la planté por ti. Pasaron los días, creció en base a el amor que yo creía sentir por ti. Por amor y desilusión, por desilusión y enojo, por enojo y por odio.
Pero cada vez que se asomaba una hojita en el tallo que cada día aumentaba un centímetro, no podía evitar admirarme de que bien había resultado todo, hasta hoy...


Tengo la firme convicción de que si tomo esa maldita planta que está en mi ventana con crecimiento estancado por tu culpa, le corto sus hermosas y pequeñas hojitas en pequeñas partes, les quemo lentamente sus bordes y finalmente las arranco, se me quitará ese odio inmenso que hoy me provocaste.

Girasol de mierda.

sábado, 23 de abril de 2011

Es como pocoyó bailando

Todo brilla cuando te miro. Cuando veo tus ojos y me dices que soy alguien especial para ti. Cuando me haces notar que tu cariño está conmigo y que tus ojos me están viendo sólo a mi, y que tu boca se está riendo conmigo, de mis formas de ser graciosa y de mis formas de decirte te quiero.
Eres tan linda, tan tierna, que desearía que nunca el universo se fijara en ti, pues en ese caso, moriríamos todos de la explosión de gozo que el universo sufriría con tan sólo observarte una vez, pues eres hermosa. Mi forma egoísta de ver la vida, de ver tu esplendor.
Eres como una fruta dulce, jugosa, como aquella fruta que me llena tan sólo con su forma de serlo. Nunca probaré una fruta como la más rica y jugosa que probé. Las frutas son únicas, únicas como ellas solas, como tú sola y nunca habrá alguien que me recuerde a ti en todo mi camino, sólo serás tú cuando niña, y tú cuando adulta.
En ese lugar, en ese momento, mi corazón se elevó diez metros. Intenté encontrar los motivos necesarios para regresar, no quería descender. Fui tan feliz, tan feliz que despegué mil veces de la tierra, pero nunca volví. Fui tan feliz, tan feliz que cuando viste mis ojos estaban regándose con lágrimas que eran minúsculas, que sólo yo conozco, porque nadie más quiere saber que existen. Son esas lágrimas que vienen del fondo de mi alma y que cantan con alegría invisible y privada. Mi secreta forma de llorar, que algún día te mostraré, que algún día tú sola notarás, porque serás la única que la conocerá y la única que sé que la quiere conocer. Seamos amigas por siempre, inseparables, te parece? Así, cuando todo haya terminado, y nos tengamos que enfrentar solas a la vida, las dos estaremos tomadas del brazo, como hermanas que somos. Nuestra misión será difícil, tendremos que rescatar toda una generación pasada, porque aunque Dios guardará a todos, nos guardará a nosotros, y en especial a ti, para ser la salvación de sus vidas. Tendremos que mostrarles a otros que no están solos, que ahí permaneceremos junto a ellos. Mostrarles que el tiempo nos ha enseñado bien y que las cadenas se pueden romper.
No estarán solos cuando el momento llegue, ahí estarás tú para enseñarles, ahí estaré yo para apoyarte. Juntas, como cuando se quiso armar mi viaje para verte nacer y crecer. Juntas, como cuando salimos a recorrer las calles y a reírnos de las situaciones que sólo a los niños pequeños como tú, y a adolescentes como yo, hacen reír.
juntas, sólo como una Elisa y una tía Yeyi pueden estar c:

lunes, 18 de abril de 2011

Anacronía crónica.

Un día de Enero, aburrida de caminar, me senté en un banco de un enorme parque que nunca, nunca había visto. Aquel lugar parecía tristemente reflejado de un cuento de hadas, tétrico con los grandes árboles dibujando sombras de maliciosos perfiles sonrientes, y a la vez mágico, alumbrado por el potente sol que se entreveía formando mariposas.
Balanceaba mis piernas, y el banco de madera rechinaba como cantando una vieja historia de antiguas experiencias. Una nube de Febrero cubrió por un segundo de oscuridad en donde yo me había sentado. Alcé la vista al cielo y éste me recordó a unos ojos. Unos ojos que me habían guiñado.
El viento de Marzo hizo caer algunas hojas de Abril, y un estremecimiento hizo que el mundo se volteara dejándome desorientada, sin mapa, temblando de miedo. Esa vez tuve que conversar conmigo misma para caminar, convenciéndome de que el abrigo verde petróleo sería lo suficiente abrigado para caminar por Mayo.
Avancé adentrándome en el pequeño bosque que en un principio era parque, e intenté recordar cómo había llegado hasta el centro de ese lugar. Sin embargo, dicen que en los sueños no se puede recordar como comenzaste, y creo que es verdad, así que nunca lo encontré dentro de mi frágil memoria. Pero si me acordaba de algunos momentos de Junio, cuando yo creía que el libro que llevaba en mi maleta era el que me estaba llevando a conocer a todo, a todos, cuando lo descubrí en Septiembre y el resto del año fue melancólico de tanto escuchar una canción de piano.
La nieve poco a poco escondió la vida bajo su brazo, sin darle más opciones al sol de huir fuera en el primer ataque. Una bufanda larga de lana fue mi mejor amiga en aquel frío y nervioso Julio, lleno de sorpresas, fuera de mi intuición personal.
No sé con exactitud el momento en que los árboles dejaron de ser árboles para convertirse en acogedoras casas, o cuándo ese único libro que tenía, se convirtió en cientos, y aquellos cientos en miles de personajes que caminaban conmigo en medio de la soledad. Se lo atribuyo a Agosto, porque aún había atisbos de hielo.
Cabe mencionar a Septiembre otra vez, porque dejó ver al lado del camino unos viejos rieles.
Poco a poco los rieles se vieron más y más, y la banca en dónde me había sentado en el parque hace tanto tiempo en Octubre, volvió a aparecer, invitándome otra vez a esperar, mientras repasaba historias que si el destino hubiese querido que sucedieran, hubiesen ocurrido.
Me vi a mi misma absorbiendo cada tren que pasaba por la estación, viendo como cada uno se llevaba mis maletas, mis recuerdos, mi memoria, mi personalidad, sin parada alguna para mí, en mi estimado Noviembre.
Y retornando a Diciembre, cuando comenzó todo el poema épico, comprendí que más que amor era obsesión, y más que obsesión era encontrarme a mí misma. Aun así, puedo seguir esperando en aquella banca.

Finalmente, nunca entendí por qué aquel girasol creció en mi ventana. ¿No se suponía que las flores no salían en este tiempo?
Pienso que el destino se ríe de mí.

Contador por país