Finas ondas de intensidad que pronto se hicieron catorce,
quince, dieciséis. Un afán de romper las cosas y un abrazo inmenso que no
estuvo en mis propios brazos, sino en los ajenos ... y yo mirando a lo lejos la
unión estrecha y tortuosa que se me ofrecía como espectáculo: las finas ondas
de intensidad que transcurrían entre las anécdotas, entre el tenue espacio
físico. Simplemente existía una diferencia entre lo pensado y lo ocurrido, que
ya no era sólo contexto ni eran sólo dieciséis, que los minutos y las miradas
se hicieron tangibles desde el momento en que comenzamos a caminar el mismo recorrido
que puede abarcar un "siempre", con las hojas aún cayendo y esas
flores, las flores que ya no estaban.
Pasaba todo, tal vez, demasiado rápido, contenido en solo
unas horas de entrega casi desesperada, con
las manos abiertas para que alcanzaran los bajos y los agudos al mismo tiempo
para que fuera la cercanía de los catorce, la lejanía de los veinte, para que
todo estuviese en su lugar como nunca lo había estado. Una extrañeza casi familiar,
como la calidez de los abrazos que se reciben a la distancia, que de pronto se
convierten en olas de intensidad, y ya no hay números ni historias ni secretos.
Secretos como que… tal vez ya no éramos niñas desde hace tiempo, o simplemente
jugábamos a serlo; verdades a viva voz como que pasaba todo, tal vez, demasiado
rápido.
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