Entre líneas se escriben muchas, muchísimas cosas. Se puede escribir de decepciones, se pueden escribir de alegrías, se pueden derivar a escaleras que arden y a noches de sueño incontroladas, y es un abismo de distancia la que existe en una colección de pestañas y la suerte que se corre en cada noche una vez que se les ha asignado un nombre y un lugar. Pero el dilema no es el nombre, no es el lugar (no hay dilema alguno, en realidad), simplemente son las situaciones imposibles y el cambio brusco que existe entre la unión de un mar y un río que no se encuentra preparado para ello, que lo ve venir distante y sin embargo, no piensa, ni se apoya, en el flujo pausado y calmo que debería tener.
Siempre han sido las situaciones imposibles, lo que se puede escribir entre líneas.
Y de pronto me pregunto si... si vale la pena escribirlo, si es que ella...
"si es que ella..." ¿vale la pena? Escribir si vale la pena. Todo hay que escribirlo, todo hay que vivirlo (dicen), porque este mundo material es de sensaciones; y en el mundo de las ideas los pensamientos corren, las palabras reinan, y son eternas.
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