Como flor inhóspita busco amapolas para dormir en las noches
tranquilamente. Sigo su huella por valles y frías montañas, he cruzado mares y
escalado tormentas, únicamente con el propósito de encontrar la paz que su
aroma me otorga como ninguna otra cosa en el mundo. A pesar de que logran
esconderse de mí, la forma es que me llaman permanece en mi cabeza hasta que
por uno u otro motivo me encuentro fuera de la rutina y por calles desconocidas
en el momento en que estoy consciente de qué soy y qué hago, y no logro abordar
tal sensación porque no pertenece a este mundo. Al menos, no al terrenal. Lo
del sueño es algo que viene del alma; las pasiones, los encuentros, todo
aquello que se junta y va recordándose en imágenes vivas y un tanto mágicas,
retorna con el fin de conocer cómo lo vemos sin prejuicios y qué es lo que pensamos
realmente. Sea de este modo por cómo se exageran las situaciones, como van
hiperbolizándose y mezclándose entre metáforas, la forma con la cual van
sinestesiándose y volviéndose momentos indescriptibles… Y es por eso que
necesito las amapolas; hace días que no puedo dormir.
(Cierro los ojos y veo ese negro infinito, cuento ovejas y
no quieren cruzar la valla, la lucecita que recorre por aquí y recorre por allá
se me apaga).
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