lunes, 29 de abril de 2013

Diana


Ella era como una daga fría. Impenetrable y vengativa, ignoraba gélidamente los acercamientos de un corazón tibio que la anhelaba.
Su nombre de corona acertaba bastante con su contextura. Alta, delgada, nariz ganchuda y unos ojos azules, certeros y decididos.
Diana, Diana, Señora Diana, Doña Diana, repetía el peón enamorado, el guardián del hielo eterno que representaba Diana.
Sabe Dios que le veía a esa mujer enfundada en su abrigo negro que le hacía parecer un cuervo.
Ella lo estimaba, a su manera claro, dándole las gracias con un apretón de manos. Con eso Anselmo se sentía feliz.
Y Anselmo robusto y tosco como era, solo asentía y se iba, sonrojándose en el trayecto y avergonzándose;  que hombre a esa edad se le enmanzanan las mejillas.
Y mientras sueña con el día que la pueda abrazar, la daga fría sigue distante, sigue atrayente, sigue inalcanzable

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