viernes, 1 de julio de 2011

El nombre universal de los gatos

Las mañanas en la pequeña tiendecita marrón de la vacía esquina, siempre comenzaban de la misma triste y solitaria manera los días Domingos de cada mes. Un hombre de no mucha estatura, con atisbos de calvicie y un bigote sobresaliente de color negro, se balanceaba pomposamente frente a la vitrina, dando golpes suaves y restregando con un deshilachado mantel los gruesos y opacos vidrios que daban un aspecto de descuido al viejo local. Las pocas personas que pasaban por allí no hacían más que mirar con desprecio el esfuerzo de aquel individuo y sonreír altivamente al escuchar el tarareo de una alegre melodía que se escuchaba en los tiempos en que los ricos no eran los nuevos pobres.
Una niña con un vestido blanco almidonado, corrió por detrás del hombre, haciendo que éste se volviese a dar la vuelta. En seguida, divisó a un caballero con bastón, con expresión de nada y ternura a la vez. "¡Un cliente!" se dijo mentalmente, mientras dejaba el trapo de lado y se acomodaba las mangas de su camisa a rayas para dar mejor impresión.
- ¿Qué busca, caballero? Tengo todo lo que usted necesita: bolígrafos, secadores de pelo, réplicas de elefantes de la India -tomó una bocanada de aire-, muñecas parlanchinas para su nietecita, dulces, sarcófagos...
La arrugada mano en alto del viejo lo hizo detenerse de su larga lista de productos exportados, después de cinco minutos. Con un largo dedo el anciano señaló a la niña, quién entre sus pequeños y blancos brazos mecía delicadamente un bultito que maullaba. Miró con ojos suplicantes a su abuelo, y aunque este le hubiese dicho que no podían llevárselo, la pequeña no lo habría soltado jamás.
Preguntó el precio del felino, y el comerciante le contestó un precio altísimo.
- ¡Sólo mírelo! Un pelaje hermoso, perfecto, sublime; una edad perfecta para que sea enseñado, una pintoresca mancha blanca en medio de su cabeza. ¡Este gato en tiempos de los egipcios tendría de haber sido un dios!...
Silenciosamente, el caballero le pagó lo que el comerciante le decía, sin saber si el motivo de tan excesiva paga porque su nieta amaba al gatito, o porque suponía que lo que le habían dicho acerca de su nueva adquisición era relativamente importante. Con una sonrisa en el rostro y una manito anexada a la suya, abandonó esa esquina en donde se encontraba la solitaria tienda marrón.
Nunca se había interesado los animales. Se sorprendía cada vez que intentaba leer sus libros de filosofía y el maullido constante afuera de la habitación hacían imposibles para una lectura pasiva de los recuerdos de antaño. Cada vez que escuchaba el extraño ruido, tomaba su bastón y comenzaba a golpear la pared a medida que se hacía más y más lejano el liviano peso de las patas en el pasillo, a modo de prueba para ver como reaccionaría ese extraño espécimen de ojos suplicantes y bigotes gráciles.
Después de un tiempo relativamente corto, el gato tenía casa, una esquina para él solo, la cama del abuelo y también la de la niña, el sofá, el comedor, el patio y todo lo que no era patio; pero sin embargo, no tenía un nombre, excepto las formas cariñosas a los que se referían a él como "tú" o "usted".
- ¿Cómo le vamos a poner, abuelo?
El abuelo, dejando de lado uno de los libros filosóficos, tomó su sombrero y comenzó a rodearlo con los dedos mientras pensaba una respuesta.
- Como sabrás, mi queridita, desde los principios de la humanidad, el hombre siempre buscó la compañía de otros para protección y suplir la necesidad de cariño y amor frente a las situaciones de la vida. Ahí es cuando aparecen por primera vez los afables gatos, criaturas dotadas de una gran capacidad creativa y un cuerno en la frente, además de alas para recorrer las inmensas nubes...
Interrumpió la niña con una tierna vocecita:
- Esos son los pegasos, abuelo.
- Pegasos, pegatos- tosió- son casi lo mismo. Como te decía, el primer gato de éstos (que era un excéntrico), tuvo un nombre muy, pero muy peculiar. Tuvo el que ahora es el nombre universal de los gatos.
Sin comprender la mitad de lo que el anciano había dicho, quiso saber de todas formas cual era el nombre del primer gato que había existido. Antes de siquiera decir una palabra, tuvo que irse a dormir. "Mañana te lo contaré" le contestaron.
Esa noche, el gatito sin nombre durmió en el regazo del viejo, mientras éste cantaba una dulce melodía infantil.
A la mañana siguiente, ansioso de curiosidad, se escuchó un grito alegre por todos los pasillos. "¡Abueloooo!", una, dos y hasta tres veces las paredes soportaron aquel agudo sonido que despertó a todos en la enorme casa.
Con una manta arropó al felino mientras se levantaba, y con su bata de un abrigador color café, se sentó en la mecedora al frente de la chimenea, donde esperaba escuchar la historia su impaciente nieta. Sus ojos se volvieron soñadores, y los de ella, admirativos, como cada vez que parecían conectarse en las fantasías que ambos podían visualizar. Fingiendo que no recordaba (o tal vez realmente no lo hacía), le preguntó de qué tema habían hablado la vez anterior, recibiendo de respuesta un montón de posibilidades y nombres inventados para la mascota, uno de los cuales posiblemente tuvo el primer gato, con la convicción firme que sólo una niña de cinco años puede tener.
- No queridita, no es ni Misifús, ni Félix, ni bola de pelos. El nombre universal de los gatos es algo más profundo, que tú y yo sabemos en el fondo, pero que realmente evitamos ver debido a que desconfiamos de todo lo que nos presentan hoy en día, por causa del capitalismo y las inversiones en el cobre, el precio del dólar y la caída del comercio mundial, el mundial de fútbol, el fútbol para mujeres, las mujeres presidentas y las presidentas regalando chocolates junto con más cosas que nos venden las películas gringas. Es tan similar a la Filosofía que sorprende - señaló un libro del velador -, es lo que todos sabemos, en palabras que nadie entiende.
- Entonces eres un buen filósofo, abuelo.

Mientras la desgastada y la aguda voz de ellos se perdió diciendo monosílabos que recorrían la cálida habitación, poco a poco unas orejas peludas aparecieron por debajo de la manta. Sus dormilones ojitos miraron a aquellas extrañas personas que de un día para otro se hicieron familiares, y éstas no pudieron menos que llevarlo a su casa y adoptarlo más que nada como un pequeño amigo al cual ofrecer cariño. Después de ser tomado en unos blancos y cortos brazos, él mismo parecía preguntar su nombre.
- Entonces abuelo, ¿le ponemos el nombre universal de los gatos?
Sin siquiera recordar de qué hablaba su nieta, el significado de la palabra universal, y qué era ese título que lucía como de una pintoresca e inteligente leyenda, analizó la situación y respondió haciendo uso de aquellas clases de oratoria que tomó de joven adjuntándolas con el alma.
- No sé hijita, pero creo que gato es un buen nombre.








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