Una vez, dentro del universo, es difícil extrapolarse y transmutar en algo distinto. Sigues siendo lo mismo cada vez que la escena cierra el telón y vuelves a aparecer en el escenario, con la misma escenografía, el mismo juego pobre de luces. Y te preguntas qué será del futuro, qué va a ser de tus sueños, qué va a ser de esa promesa, qué va a ser de todas las promesas. Sin embargo, el mismo guión arrugado y las butacas vacías, excepto una. Alguien que ha estado mirando todas las funciones, que se interpoló en el universo, que no se ha fijado en la escenografía.
Y te preguntas que hace ahí siendo cómplice del abandono, en qué promesas cree para resolver así su tiempo, por qué no deja de sonreír y de escudriñarte, qué busca en ti cuando eres nada más que un títere bajo todo ese perfil de arte. Pero luego, dejas de preguntarte porque ya no importa el significado de aquella aparición, más bien importa la aparición misma. Lo que significa la sonrisa.
Importa la compañía.
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