miércoles, 9 de diciembre de 2015
Es la dulzura y la calidez lo que extrañaban mis sentidos, tanto así que no podía dormir y por obligación, casi moral, tuve que levantarme y buscarle una solución pronta para volver a conciliar el sueño. Entonces corrí las sábanas, el cubrecama, en la oscuridad busqué mis ojos y los posicioné en su lugar, dejé la conciencia encendida conectada al cargador y los pies antes congelados se cubrieron con ese aspecto entre divertido y monstruoso que cobran en las noches y que si algún niño viera desde su escondite bajo la cama, se asustaría; por suerte mi niña bajó conmigo. Y comencé a caminar, o a deslizarme, escalera abajo, escalera arriba, un montón de gente siguiéndome y los sueños cargados de ojos y un pijama que abriga demasiado cuando faltan apenas (¿cuánto es 21 menos 9?) días para el verano. Un panorama extraño cuando era sólo caminar y pensar en ciertas cosas que me iban a dar cansancio, una vez que llegara al primer piso y apareciera la cocina y junto a ella todas las riquezas del mundo o nada más que una taza con leche caliente y el té ya no, porque no me deja dormir. Aún así, habiéndola encontrado, la mitad de mi ser se desvió hacia otro lugar, que no sé cuál es, pero se ve igualmente familiar y no estoy sola, porque la noche es para los insectos, y salud, salud por eso.
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