Narcisos negros, para ti compré.
Eran pulcros, eximidos de las noches de desvelo y el aire frío de Berlin; ácidos a la vista y fragantes a las caricias de mis torpes manos. Cada flor nacía de un largo viaje enredado en una coreografía de colores irrisorios para quien extiende la sobriedad en su curriculum y confunde el color blanco con el verde. Como me dijiste una vez, el vinagre cambiaría hasta lo más inocente de una flor. Al triste hombre que creía ganarse una vida en lugar de perderla frente a su puesto, le sugerí la idea para teñirlos del negro que cubría mi falsa pena en forma de velo. Uno por uno, con la delicadeza que se hace un perfume, tomó los pétalos y los sumergió en los recuerdos que me hicieron llorar cada jueves al anochecer; y uno por uno, comenzaron a ennegrecer. Los dejé esperando frente a tu puerta y no volví a mirar atrás.
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