Tenía nombre de ángel. Aquella descripción melodiosa de su presencia, parecía llevar todo el mundo elevado a lo sublime. Comenzaba desde el inicio de su larga cabellera descolorida con sinónimos de belleza, para ser acompañada de un dulce carisma que la hacía aún más única y terminar en un sinfín de palabras inventadas por poetas melancólicos, que en tiempos pasados, se habían dejado enamorar por la lejana proximidad de su perfume en el aire, conformándose de mantener el recuerdo vivo en sus más profundos sueños. Según cómo la imaginaban, un ideal inalcanzable con ojos de mar y piel de diamantes, como hija preferida de los dioses o un favor para los hombres de la madre naturaleza, formaba un paisaje total y cegadoramente perfecto, sin contar cómo aquella palabra tan grandiosa parecía temblar cuando ella sonreía.
En el momento en que caminó por primera vez a orillas de la playa, encontró en el atardecer un consuelo enorme para sus manos que siempre estaban frías. Sin percatarse de su camino, distraído por la sinfonía que componían las olas, un hombre pálido y de gafas oscuras tropezó torpemente con el aire en frente de ella, cayendo al suelo antes de que sus brazos pudieran reaccionar para prever el dolor. Inmediatamente, un tacto de suavidad casi curioso le ayudó a ponerse en pie, y al escuchar la voz de sirena tranquilizando sus nervios, quedó impresionado frente a su total armonía, sin poder evitar rogarle desde ese día que fuese la musa de sus canciones. Unos encuentros más tarde aceptó encantada, tal vez por compasión o tal vez porque entreveía en aquel hombre el alma que ella necesitaba para complementarla.
Frente al inconveniente de la caída y la preocupación, no se percató de que él era ciego. El día en que tocó en el piano la obra maestra que le prometió al aceptar que llevase su nombre de ángel, le preguntó por qué no miraba las teclas, con plena inocencia. Al oír la respuesta, comprendió por qué siempre había estado tan cómoda a su lado. Él no admiraba la belleza de la que hablaban las personas, la que producía las miradas acosadoras, llenas de envidia y de obsesión enfermiza, la belleza de la que apenas estaba consciente, pero la que la afecta día a día. Él siempre se había mostrado afectuoso y neutral, como si sólo fuera alguien más, confundiéndola a veces con los cantos de los pájaros.
Cuando ellos se casaron, muchos afirmaron que en realidad ella era la ciega y que el brillo de sus ojos de mar siempre les había parecido sospechoso. Otros más señalaron que el amor era ciego, así que en una cruel broma del destino, ambos lo eran. A pesar de las malas lenguas, nadie pudo encontrar argumento válido en contra de que el sentimiento escondido detrás de su extraña unión, siempre había sido amor.
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