Hay un sol en el desierto que arrulla cálido todos los sueños que eran y que serán. Abarca gran parte de las cúspides, del cielo, del fondo de los valles; cuando desaparece son más solitarios que fríos, y cuando está, parece pintar un nuevo paisaje. Remarca siluetas, accesos lunares, miradas nuevas. Después de tener horas contemplándolo, me enseñó a mirar más allá de mis ojos.
Hay un sol en el desierto que desde entonces, siempre me indica si es de día o de noche y en base a su esfuerzo, sé en todo momento dónde estoy, porque siempre sale a encontrarme y aunque yo no quiera, es capaz.
Podría pensar que de noche se esconde de mí y me abandona, y aún así, yo no dudo de él jamás. No tendría por qué, sí es tan diferente a todo el universo de estrellas. Nunca había visto tal sinceridad, tanta atención, tanta ternura al despedirse en los ocasos. No había visto la capacidad, o el deseo o la intención, de abrazar tan difíciles cerros de piedras y arena y convertirlos en una escena de belleza diferente. Es la tranquilidad frente a caminos tan largos y empinados. Tranquilidad frente a nubes que días anteriores, habían sido devastadoras.
Tranquilidad que se me escapa lentamente.
Ahora mientras tanto, puedo observar el rojizo, el naranjo, el silencio que me otorga, y pienso que extrañaré los colores y el impacto que logró en mi vida mientras desaparece de mis ojos.
Me recuerda que nada dura para siempre.
Aún así, sé me queda el consuelo de saber que mañana volverá a amanecer, a cubrir con luz todo a su paso. Y sé que a pesar de todo, hay un sol en el desierto que siempre está esperándome.
Hay un sol en el desierto que desde entonces, siempre me indica si es de día o de noche y en base a su esfuerzo, sé en todo momento dónde estoy, porque siempre sale a encontrarme y aunque yo no quiera, es capaz.
Podría pensar que de noche se esconde de mí y me abandona, y aún así, yo no dudo de él jamás. No tendría por qué, sí es tan diferente a todo el universo de estrellas. Nunca había visto tal sinceridad, tanta atención, tanta ternura al despedirse en los ocasos. No había visto la capacidad, o el deseo o la intención, de abrazar tan difíciles cerros de piedras y arena y convertirlos en una escena de belleza diferente. Es la tranquilidad frente a caminos tan largos y empinados. Tranquilidad frente a nubes que días anteriores, habían sido devastadoras.
Tranquilidad que se me escapa lentamente.
Ahora mientras tanto, puedo observar el rojizo, el naranjo, el silencio que me otorga, y pienso que extrañaré los colores y el impacto que logró en mi vida mientras desaparece de mis ojos.
Me recuerda que nada dura para siempre.
Aún así, sé me queda el consuelo de saber que mañana volverá a amanecer, a cubrir con luz todo a su paso. Y sé que a pesar de todo, hay un sol en el desierto que siempre está esperándome.