Por qué has de estar tan enojada, cuando la boca es tuya y también el cielo que miran tus ojos. Por qué has de oír con ira y responder con fuego, por qué, por qué. Agótate, impaciencia: agótame contigo, ahora no soporto la pretensión, ni el egoísmo, ni la soberbia y soy, sólo soy. Y aún siendo, la vorágine de odio y nada más, carezco y creo padecer de las ganas de perdonar, de dejar ir, y el defecto inconsciente de no ser capaz, de abrazar el azufre y de abrazarte, aunque sea pérfida sombra de lo que no quiero. Pero sé con certeza, que ya no quiero engañar a nadie.