Vez primera que tomo una lámpara y tú me dices que no me queme.
¿Cómo podría quemarme? No soy tonta y ya creo habértelo demostrado un montón de veces antes.
No tocaré el foco por mucho tiempo en caso de hacerlo.
No sé que te hace perpetuar el consejo, porque con justa razón replico que estaré bien, todo perfecto.
Pero insistes, insistes, vuelves a insistir: no te quemes con esa lámpara.
El problema dista mucho de mi ignorancia, eres tú el que supone que yo no sé y reiteras: te vas a quemar.
Digo que estaré bien, podrías haber confiado y ahorrarnos tiempo. Los motivos son existentes, reales.
Y mirándote, discutiendo, más que nada mirándote, toco la fuente de la luz mucho tiempo y me hiero.
De forma instantánea llevo la mano herida a mi boca y tú la tomas.
Me dices: sabía que te ibas a quemar. Y yo pienso: "¿De qué otra forma podría haber sucedido, si me quedé encandilada mirando a mi lámpara?"