Toma el asiento, enciende la pantalla, espera que no se apague súbitamente. Mientras el vicio cobra vida y el ventilador hace el ruido que no debería hacer, intenta mantener sus pensamientos alejados y separados de todo lo que acontece y no ha querido morir, aún después de meses y años de contiendas que no acabaron en su preciso momento, ni quisieron convertirse en un aprenderás más tarde.
Es frívola, como las demás. Tiene malos pensamientos y deseos, como todos. La meta del ángel se le aleja una y otra vez, porque ya no tiene motivos para buscar esas alas que anheló alguna vez. Y piensa, con lástima, que el gris está volviendo y haciéndose uno con las noches en velo que más que una súplica ahora son eternas y eternizantes, y más que gratas se han vuelto graciosas; una burla a su forma de ser.
Vuelve a mirar la pantalla. No está conectado el internet, habrá que esperar hasta que la voluntad del objeto inanimado ceda a los constantes apagar y encender otra vez. Pero, recuerda y quiere recordar, que nunca el método ha funcionado y que tiene muchas imágenes que ver y volver a vivir. Conversaciones, releídas con manchas imaginarias de café; fotos que ya han perdido sus puntas; risas, que ya han perdido la razón que las hizo brotar alguna vez.
Ya recordó demasiado y el día se le amargó un poco más. Está nublado, falto de azúcar. Abre Word (le hace gracia que al escribir Word, este lo corrija inmediatamente a mayúscula… existe el egocentrismo hasta en los programas de computadora) y comienza a divagar para ver qué tanto han mejorado sus expresiones por medio de las lecturas, a modo de un autoanálisis.
Escribe que toma el asiento, que enciende la pantalla, espera que no se apague súbitamente, por el error que persistió aún después de la visita del técnico. Escribe poco, porque intenta hacerlo fluido, mientras espera que el vicio la envuelva otra vez, como una nube de humo.
El internet se ha conectado. Cierra Word, y con él, las palabras.
jueves, 19 de julio de 2012
domingo, 8 de julio de 2012
El de atrás
Sólo no la dejes morir, comentó entre sollozos.
No la dejes morir.
Sus palabras caían lentamente en la sala, condensándose en gotas de sudor que sólo hacían que estuviese más y más tenso a medida que la hora avanzaba y se consumía junto con ella; junto con no dejarla morir.
¿Por qué la dejaría morir, si representaba para él una vida más que su trabajo le pedía salvar? ¿Por qué no obedecería a sus leyes, a su moral, permitiendo que la muerte se la llevase, sin un intento de ayuda de su parte? No entendía aquella petición extraña, irracional; sin embargo, continuaba repitiéndola una y otra vez, mientras sus manos firmes trabajaban en un cuerpo inerte pero aún tibio, aún respirando.
La luz estaba demasiado fuerte. El sonido de los autos se convertía en ruido. No, no era eso. ¿Qué era entonces? Algo lo molestaba en profundidad, más que el constante tic tac del reloj que no callaba ni pensaba callar. El hombre en la esquina lo intimidaba e intimidó desde un principio, sus palabras, su corbata mal puesta, sus que tenga cuidado, sus que no la deje morir. Su respiración, sus lágrimas forzadas, le daba asco él y su maldito trabajo, un torbellino de problemas que no cesaban de ocurrir, la herida que no dejaba de sangrar. Seguía curando, haciendo lo que podía. No dejándola morir. Su estado era tan lamentable...se mezclaba de a poco con perfume de ella, y junto a la visión escandalosa de su estado, lo hacían sentir casi paternal, entre abrazarla y decirle que estaría bien, que una puntada más, que permaneciera. Pero otra parte, contrastando, pedía a gritos que el brillo de sus ojos se quedara, pero junto a él. Era hermosa, era joven, debía cuidarla. Maldijo la escalera. La piel lastimada por los golpes, por la caída, aún se veía tersa y el reflejo de alguien que había disfrutado de una buena vida, a diferencia de sus manos ásperas. Quizá la hubiese conocido a ella, en un mejor estado, sonriente, esperándolo en algún café. Quizá no la hubiese conocido en su clínica improvisada. Alcohol, algodón, la morfina. La herida en la cabeza ya se veía mejor, un poco mejor. ¿Por qué no se apura? ¿No ve que está muriendo? Quería gritarle, quería decirle que callara, pero respondió con calma, no estaba luchando por él, sino por ella, y también poco a poco, la piel de sus mejillas volvía a aparecer y aparecería aún más rápido con tranquilidad. Escuchó el susurro de la palabra incompetente, médico de pacotilla. ¿Y esperaba algo más, si él sabía que estaba fuera de la ley? ¿Por qué la había llevado donde él?
Se quejaba, le dolía. Ponía otra venda donde la herida ya no podía infectarse. El reloj seguía sonando, incansablemente. Levantó su cabeza, sus rizos desarmados, y ella abrió los ojos, aún algo inconsciente. Lo miró con miedo, un miedo que se hacía muy distinto a alguien que no sabía su ubicación. Se acercó a oír si su respiración se escuchaba bien, calmarla, sin que el hombre en la habitación se percatara. No tenemos escalera, susurró. La apartó y siguió sanando sus heridas, no era su asunto.
Los balbuceos molestos, sin lograr apartarlos de su mente, seguían repiqueteando. No sirven para nada, se les paga... no la deje morir. No sabía si la lágrima que corría por la mejilla de ella era de dolor o de miedo, si estaba ahí por algún motivo más que él no conocía. Se levantó. El hombre le preguntó que hacía, que por qué había parado, si no sabía quién era él y por qué se atrevía a cuestionarlo. ¡Qué le importaba si él le había pegado! ¡Era su mujer y podía hacer con ella lo que quisiera! No le pagaba por eso. Cállese y siga trabajando, le digo.
La cubrió con una manta mientras se preguntaba qué iba a hacer, mientras observaba sus manos aún tiritando y el cuerpo inconsciente del hombre al que había golpeado.
Podía ayudarla...
No era su asunto.
Podía no dejarla morir...
No la dejes morir.
Sus palabras caían lentamente en la sala, condensándose en gotas de sudor que sólo hacían que estuviese más y más tenso a medida que la hora avanzaba y se consumía junto con ella; junto con no dejarla morir.
¿Por qué la dejaría morir, si representaba para él una vida más que su trabajo le pedía salvar? ¿Por qué no obedecería a sus leyes, a su moral, permitiendo que la muerte se la llevase, sin un intento de ayuda de su parte? No entendía aquella petición extraña, irracional; sin embargo, continuaba repitiéndola una y otra vez, mientras sus manos firmes trabajaban en un cuerpo inerte pero aún tibio, aún respirando.
La luz estaba demasiado fuerte. El sonido de los autos se convertía en ruido. No, no era eso. ¿Qué era entonces? Algo lo molestaba en profundidad, más que el constante tic tac del reloj que no callaba ni pensaba callar. El hombre en la esquina lo intimidaba e intimidó desde un principio, sus palabras, su corbata mal puesta, sus que tenga cuidado, sus que no la deje morir. Su respiración, sus lágrimas forzadas, le daba asco él y su maldito trabajo, un torbellino de problemas que no cesaban de ocurrir, la herida que no dejaba de sangrar. Seguía curando, haciendo lo que podía. No dejándola morir. Su estado era tan lamentable...se mezclaba de a poco con perfume de ella, y junto a la visión escandalosa de su estado, lo hacían sentir casi paternal, entre abrazarla y decirle que estaría bien, que una puntada más, que permaneciera. Pero otra parte, contrastando, pedía a gritos que el brillo de sus ojos se quedara, pero junto a él. Era hermosa, era joven, debía cuidarla. Maldijo la escalera. La piel lastimada por los golpes, por la caída, aún se veía tersa y el reflejo de alguien que había disfrutado de una buena vida, a diferencia de sus manos ásperas. Quizá la hubiese conocido a ella, en un mejor estado, sonriente, esperándolo en algún café. Quizá no la hubiese conocido en su clínica improvisada. Alcohol, algodón, la morfina. La herida en la cabeza ya se veía mejor, un poco mejor. ¿Por qué no se apura? ¿No ve que está muriendo? Quería gritarle, quería decirle que callara, pero respondió con calma, no estaba luchando por él, sino por ella, y también poco a poco, la piel de sus mejillas volvía a aparecer y aparecería aún más rápido con tranquilidad. Escuchó el susurro de la palabra incompetente, médico de pacotilla. ¿Y esperaba algo más, si él sabía que estaba fuera de la ley? ¿Por qué la había llevado donde él?
Se quejaba, le dolía. Ponía otra venda donde la herida ya no podía infectarse. El reloj seguía sonando, incansablemente. Levantó su cabeza, sus rizos desarmados, y ella abrió los ojos, aún algo inconsciente. Lo miró con miedo, un miedo que se hacía muy distinto a alguien que no sabía su ubicación. Se acercó a oír si su respiración se escuchaba bien, calmarla, sin que el hombre en la habitación se percatara. No tenemos escalera, susurró. La apartó y siguió sanando sus heridas, no era su asunto.
Los balbuceos molestos, sin lograr apartarlos de su mente, seguían repiqueteando. No sirven para nada, se les paga... no la deje morir. No sabía si la lágrima que corría por la mejilla de ella era de dolor o de miedo, si estaba ahí por algún motivo más que él no conocía. Se levantó. El hombre le preguntó que hacía, que por qué había parado, si no sabía quién era él y por qué se atrevía a cuestionarlo. ¡Qué le importaba si él le había pegado! ¡Era su mujer y podía hacer con ella lo que quisiera! No le pagaba por eso. Cállese y siga trabajando, le digo.
La cubrió con una manta mientras se preguntaba qué iba a hacer, mientras observaba sus manos aún tiritando y el cuerpo inconsciente del hombre al que había golpeado.
Podía ayudarla...
No era su asunto.
Podía no dejarla morir...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)